Pese a triplicar su producción científica, las universidades en el Perú afrontan graves problemas de impacto internacional y complejos riesgos de integridad. Conversamos con Félix de Moya, fundador de Scimago, que estuvo de paso por Lima.

Por Adán Ríos Delgado*

El Perú parece que viviera en constantes paradojas. Es un país que crece en términos económicos, pero al mismo tiempo mantiene brechas profundas de desigualdad; nos enorgullecemos de tener la mejor gastronomía, pero aún tenemos niños sufriendo hambre o anemia. Y ni que hablar de las diferencias educativas. De esta situación no escapa la comunidad científica, tecnológica, ni mucho menos la innovadora.

Félix de Moya, fundador de Scimago –uno de los portales de bibliometría más importantes del mundo-, destapó quizá esta incómoda situación. Invitado por la Asociación Nacional de Universidades Públicas del Perú (ANUPP) y por el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innoivación (Concytec), el especialista conversó en exclusiva para Vida y Futuro y presentó una mirada actualizada sobre la evolución de la producción científica peruana y los desafíos que enfrenta el país para convertir más publicaciones en mejor ciencia.

Durante el periodo 2018-2024 –en palabras del propio De Moya- el Perú ha logrado triplicar su producción académica y consolidarse como uno de los sistemas más dinámicos de América Latina en crecimiento de publicaciones. Sin embargo, ese avance cuantitativo todavía no se traduce en un impacto científico, tecnológico y social proporcional.

En el 2024, el país produjo 11.220 documentos científicos, una cifra que evidencia una alta capacidad de respuesta frente a las políticas de incentivo a la publicación. Valga decir, los bonos que reciben los docentes investigadores por publicar artículos científicos o registrar patentes se reflejan en estas cifras.

Sin embargo, en ese mismo año 2024, apenas 343 publicaciones –lo que equivale al 3,1 % de la producción científica nacional- fueron clasificadas como Excelencia con Liderazgo. Es decir, solo una pequeña proporción de la ciencia peruana alcanza altos estándares de visibilidad internacional y conducción nacional de la investigación.

Félix de Moya, fundador de Scimago, estuvo en Lima invitado por la Asociación Nacional de Universidades Públicas del Perú (ANUPP) y por el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innoivación (Concytec). FOTO: Adán Ríos

Y es que el problema de fondo está en el impacto. Aunque el Perú ha aumentado considerablemente su número de publicaciones, De Moya señala que el impacto normalizado de la ciencia peruana no ha logrado superar el promedio mundial. Esta situación muestra que las políticas orientadas principalmente a elevar la productividad científica “han llegado a su techo”, en propias palabras del especialista. El país produce más, pero buena parte de esa producción aún no alcanza los niveles de influencia internacional que permitirían hablar de una ciencia competitiva o de calidad.

El caso de las universidades

En sus presentaciones, el especialista hizo hincapié en que la universidad es el principal motor de la producción científica nacional. Ellas concentran la mayor parte del talento investigador y lideran el volumen de publicaciones. Sin embargo, presentan un bajo porcentaje de producción en revistas de alto impacto: publican más en revistas calificadas en Q3 o Q4 (clasificación del nivel de impacto o prestigio de una revista científica dentro de su área temática). En otras palabras, el sistema universitario peruano publica mucho, pero todavía no logra incidir con fuerza en la agenda científica global.

Otro punto crítico es la desconexión entre ciencia e innovación. De Moya notó una fractura entre la publicación científica y la generación de patentes. Al igual que la producción de artículos, hay un aumento considerable de patentes pero estos no llegan al mercado.

La situación se vuelve más crítica en el sector empresarial. Su presencia en las estadísticas es casi inexistente. No produce nuevo conocimiento. Esta debilidad reduce las posibilidades de transferencia tecnológica y limita la construcción de un sistema nacional de innovación más sólido.

Un tema de integridad

Finalmente, De Moya dejó un gran mensaje a todos: “Integridad es hacer lo correcto cuando nadie te está mirando”. Y lo hizo al presentar el Índice de Riesgo de Integridad de SCImago (IRIS) efectuado en 38 universidades peruanas en base a las publicaciones en revistas indizadas  

Dejó en claro, eso sí, que su medición se hace en base la medición de riesgo. Es decir, si un conductor va a más de 100 km/h en una vía que solo permite 80 km/h, tiene entonces altas probabilidades de causar un accidente. De eso se trata esta medición. De cuántas universidades están cruzando el umbral quizá, esperemos, sin darse cuenta.

Para ello usó parámetros como las afiliaciones múltiples, publicaciones retractadas, publicaciones redundantes, publicación en revistas propias y en revistas descontinuadas, autocitación institucional, brecha de impacto normalizado y autores hiperproductivos.

Félix de Moya, fundador de Scimago, estuvo en Lima invitado por la Asociación Nacional de Universidades Públicas del Perú (ANUPP) y por el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innoivación (Concytec). FOTO: Adán Ríos

Los resultados no son tan halagüeños. El 64% de las universidades analizadas se encuentra en riesgo medio, mientras que 24%. Es decir, nueve tienen riesgo significativo. Solo seis universidades tienen bajo o nulo riesgo.

Las cifras demuestran que publicar más no garantiza calidad. Cuando las universidades priorizan el aumento del número de publicaciones sin fortalecer controles de calidad, aparecen señales en los indicadores de integridad.

Eso se agrava, hay que decirlo, con los incentivos económicos a los docentes investigadores que no hacen otra cosa que empujar a la proliferación autocitas, artículos fragmentados, creación de revistas institucionales con baja revisión y aparición de autores hiperproductivos. Estos incentivos perversos se reflejan directamente en los subindicadores del IRIS y explican por qué muchas universidades aparecen en riesgo medio o significativo.

Como dice De Moya, “en este momento, las universidades están quedando prácticamente como únicas defensoras de algo que se supone que no tendríamos que estar defendiendo: la verdad que está amenazada de riesgo”.

La paradoja está servida. Producimos más ciencia, pero todavía nos cuesta que esa ciencia transforme. Resolver esa contradicción será uno de los grandes desafíos del país si realmente quiere construir un sistema científico más sólido, confiable y útil para el desarrollo.