Esta semana, el pediatra y neonatólogo Enrique Gómez lanza una alerta sobre el aumento de diagnósticos en el lenguaje de niños pequeños debido al uso prolongado de dispositivos y la falta de interacción social.

Por Enrique Gómez, MD, MSc.*

En los últimos años, pediatras, maestros y terapistas del lenguaje han reportado una preocupación creciente: más niños pequeños parecen llegar a la consulta con retrasos en el habla, vocabulario limitado o dificultades para comunicarse. Aunque no existe una sola causa, la combinación de pandemia, menor socialización, aumento del uso de pantallas y reducción de la interacción cara a cara ha encendido las alarmas.

Un análisis de datos clínicos en Estados Unidos encontró que los diagnósticos de retraso del habla en niños pequeños aumentaron significativamente después de la pandemia y continúan elevados. Actualmente, alrededor de 1 de cada 6 niños evaluados presenta algún grado de retraso del lenguaje o comunicación. Este fenómeno también ha sido observado en consultas pediátricas y programas de intervención temprana en múltiples países.

La evidencia científica reciente muestra una asociación entre mayor tiempo frente a pantallas y retrasos en comunicación, lenguaje y habilidades sociales. Un estudio publicado en JAMA Pediatrics encontró que los niños con mayor exposición a pantallas al año de edad tenían más riesgo de retrasos en comunicación y resolución de problemas a los 2 y 4 años, especialmente cuando la exposición era prolongada. Otro estudio australiano mostró que mientras más tiempo pasan los niños pequeños frente a pantallas, menos palabras escuchan de adultos, menos vocalizan y menos interacciones conversacionales tienen con sus padres.

Sin embargo, el problema no es solamente “la pantalla”. El verdadero problema es lo que la pantalla reemplaza: conversación, juego, lectura, canciones, contacto visual y experiencias humanas reales. El lenguaje no se desarrolla únicamente escuchando sonidos; se desarrolla mediante interacción social.

¿Existen programas realmente educativos?

Esta es una de las preguntas más frecuentes entre los padres. La respuesta es compleja.

Sí existen programas diseñados con objetivos educativos y algunos estudios sugieren que ciertos contenidos pueden ayudar al aprendizaje cuando son apropiados para la edad y se utilizan correctamente. Programas lentos, con lenguaje claro, repetición, música sencilla y participación activa pueden contribuir al vocabulario o reconocimiento de palabras.

Sin embargo, incluso los programas considerados “educativos” tienen limitaciones importantes en los niños. El cerebro infantil aprende mucho mejor mediante interacción humana directa que mediante aprendizaje pasivo frente a una pantalla. Los niños pequeños tienen dificultades para transferir lo que ven en una pantalla al mundo real, fenómeno conocido como “déficit de video”.

Por eso, actualmente las principales organizaciones pediátricas internacionales no recomiendan utilizar pantallas como herramienta principal de aprendizaje en los primeros años de vida.

La evidencia sugiere que:

  • no es lo mismo ver contenido solo que acompañado;
  • no es lo mismo contenido rápido y sobre estimulante que contenido pausado;
  • y no es lo mismo usar pantallas ocasionalmente que durante varias horas al día.

Hoy se considera que el mejor uso posible de las pantallas en niños pequeños es: limitado, supervisado y acompañado por interacción humana.

Cuando un adulto comenta lo que ocurre en la pantalla, hace preguntas, señala objetos, canta o relaciona el contenido con la vida diaria, el niño aprende mucho más. La interacción sigue siendo el elemento fundamental.

¿Qué se está haciendo en otros países?

Diversos países han comenzado a actualizar sus recomendaciones sobre pantallas y desarrollo infantil.

La Organización Mundial de la Salud recomienda evitar pantallas en menores de 1 año y limitar el tiempo sedentario frente a dispositivos en niños pequeños. Canadá, Suecia y otros países europeos recomiendan evitar pantallas en menores de 2 años y limitar su uso posteriormente, priorizando actividades físicas, lectura y juego interactivo.

En muchos programas de salud pública se están promoviendo:

  • lectura temprana;
  • conversación entre padres e hijos;
  • disminución de pantallas durante comidas;
  • juego libre;
  • y educación digital para familias.

Además, algunos sistemas educativos están reevaluando el exceso de tecnología en la infancia temprana debido a preocupaciones sobre lenguaje, atención y regulación emocional.

Signos de alarma que los padres deben conocer

Los padres deben consultar con su pediatra si el niño:

  • no balbucea hacia los 9–12 meses;
  • no responde a su nombre;
  • no señala para pedir o mostrar objetos;
  • no dice palabras alrededor de los 15–18 meses;
  • no combina dos palabras hacia los 2 años;
  • pierde palabras o habilidades que ya tenía;
  • parece no escuchar bien;
  • evita contacto visual o interacción;
  • o presenta mucha frustración al intentar comunicarse.

Estos signos no significan automáticamente un trastorno grave, pero sí justifican evaluación temprana.

¿Qué hacer si existen signos de alarma?

Si hay señales de alarma, lo ideal es no esperar. Lo primero es una evaluación de audición y lenguaje, porque problemas auditivos, trastornos del neurodesarrollo y otras condiciones pueden parecer un retraso simple del habla. Después, si corresponde, se puede acceder a intervención temprana o terapia de lenguaje; en niños pequeños, empezar pronto suele mejorar el pronóstico funcional y familiar. Pedir ayuda temprano no significa “etiquetar” al niño, sino darle más oportunidades para comunicarse mejor.

¿Qué podemos hacer desde ahora?

Las recomendaciones actuales no buscan generar culpa en los padres. Las pantallas forman parte de la vida moderna y muchas familias las utilizan por necesidad. El objetivo no es prohibir completamente la tecnología, sino utilizarla de forma más saludable.

Las estrategias más importantes incluyen:

  • evitar pantallas antes de los 18–24 meses, excepto videollamadas;
  • limitar el tiempo de pantalla en niños pequeños;
  • evitar pantallas durante comidas y antes de dormir;
  • acompañar y conversar sobre el contenido;
  • leer diariamente;
  • cantar y jugar;
  • hablar durante actividades cotidianas;
  • favorecer el juego libre;
  • y reducir también el uso excesivo del celular por parte de los adultos durante la interacción con los niños.

El mensaje más importante es sencillo:

El cerebro infantil aprende lenguaje principalmente mediante relaciones humanas. La idea central es simple: no se trata de demonizar la tecnología, sino de proteger el lenguaje. Un programa “educativo” puede aportar algo, pero no reemplaza lo que más desarrolla el habla: la voz de una persona que mira al niño, le responde y conversa con él. En la primera infancia, el mejor “contenido” sigue siendo la interacción humana.

REFERENCIAS
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Imagen principal generada con Gemini.