Esta semana, el pediatra e investigador Enrique Gómez nos detalla todo lo que la ciencia sabe —y lo que todavía no sabe— sobre los probióticos, los prebióticos y la salud infantil.

Por Enrique Gómez, MD, MSc.*

El microbioma se ha convertido en una de las palabras favoritas de la industria del bienestar. En farmacias, supermercados y redes sociales abundan productos que prometen “equilibrar la flora”, fortalecer las defensas, mejorar la digestión e incluso influir sobre el estado de ánimo.

La promesa parece sencilla: si dentro de nosotros viven microorganismos beneficiosos, bastaría con añadir más o alimentarlos mejor. La ciencia, sin embargo, cuenta una historia mucho más interesante.

El cuerpo humano alberga comunidades inmensas de bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que interactúan constantemente con nuestra biología. La comunidad de microorganismos que habita el cuerpo recibe el nombre de microbiota. El término microbioma incluye, además, sus genes, las sustancias que producen y las relaciones que establecen con nuestro organismo.

Estas comunidades participan en la digestión, el metabolismo, la inmunidad y la protección frente a microorganismos potencialmente dañinos. Pero no forman una colección fija de bacterias “buenas”. Constituyen ecosistemas complejos, distintos entre personas y capaces de responder de manera diferente a la misma alimentación, al mismo medicamento o al mismo producto. Por eso, algunos probióticos pueden ser útiles en situaciones concretas, mientras que muchos otros ofrecen promesas mucho mayores que la evidencia disponible.

Un cuerpo lleno de ecosistemas

Cuando hablamos del microbioma solemos pensar en el intestino, porque allí se encuentra la comunidad microbiana más numerosa y estudiada. Sin embargo, también existen ecosistemas microbianos en la piel, la boca, las vías respiratorias y otras superficies del cuerpo.

Durante mucho tiempo pensamos que el organismo humano estaba compuesto únicamente por células humanas y que los microorganismos eran, en el mejor de los casos, pasajeros inofensivos. Hoy sabemos que esa idea estaba incompleta. Algunos investigadores incluso describen la microbiota como un “órgano funcional”, no porque tenga una estructura anatómica propia, sino porque participa de manera continua en tareas fisiológicas esenciales.

En los niños, esta perspectiva es especialmente importante porque el microbioma no nace terminado. Se construye y madura durante los primeros años de vida. El modo de nacimiento, la lactancia, la alimentación complementaria, el ambiente y el uso de antibióticos pueden influir en ese desarrollo. En muchos lactantes, especialmente durante la lactancia materna, las bifidobacterias ocupan un lugar importante. Después del destete y con la diversificación de la dieta, la comunidad intestinal adquiere progresivamente mayor complejidad y empieza a parecerse a la del adulto.

La infancia, por tanto, no es solamente una etapa de crecimiento del cerebro, los huesos o los pulmones. También es una etapa de construcción ecológica interna.

Lo que hace ese ecosistema

La evidencia más sólida permite identificar al menos tres grandes funciones del microbioma.

La primera es metabólica. Nosotros no podemos digerir por completo muchos componentes de los alimentos, especialmente ciertas fibras. Las bacterias intestinales las fermentan y producen compuestos como los ácidos grasos de cadena corta, que nutren las células del colon y participan en la regulación de la inflamación, el metabolismo energético y la integridad de la barrera intestinal.

La segunda función es inmunológica. El sistema inmunitario no nace con todas sus respuestas terminadas. Durante los primeros años aprende continuamente a distinguir entre microorganismos peligrosos y estímulos que debe tolerar, como los alimentos, el polen y los microbios que normalmente viven con nosotros. Parte de ese aprendizaje ocurre mediante la interacción con la microbiota.

La tercera función es ecológica y protectora. Una comunidad microbiana estable y funcional ocupa espacios, consume nutrientes y produce sustancias que dificultan la expansión de determinados microorganismos potencialmente dañinos.

Esto no significa que exista un microbioma perfecto ni que una mayor diversidad sea siempre mejor. En un lactante sano, por ejemplo, una comunidad relativamente poco diversa pero dominada por bifidobacterias puede ser completamente apropiada para esa etapa. La función, la estabilidad y el contexto importan tanto como el número de especies.

Tampoco significa que cada enfermedad empiece en el intestino. Se han encontrado asociaciones entre alteraciones del microbioma y obesidad, alergias, enfermedades inflamatorias, desarrollo cerebral, comportamiento y salud mental. Sin embargo, en muchos casos todavía no sabemos si los cambios microbianos son una causa de la enfermedad, una consecuencia o simplemente una señal de otros factores compartidos.

Imagen: UNAM

Cómo lo modificamos

Pocas intervenciones alteran tanto el ecosistema intestinal como los antibióticos. Estos medicamentos pueden reducir determinadas poblaciones bacterianas, modificar la actividad metabólica del microbioma y facilitar temporalmente la expansión de otros microorganismos.

Eso no significa que deban evitarse cuando están indicados. Los antibióticos salvan vidas y son indispensables frente a numerosas infecciones bacterianas. Significa que no son biológicamente neutros y que cada tratamiento debe tener una justificación clínica clara.

La alimentación es otro gran modulador. Durante la alimentación complementaria, la incorporación progresiva de nuevos alimentos transforma la microbiota intestinal. Algunas fibras presentes en legumbres, avena, frutas, verduras, cebolla, ajo y otros vegetales llegan al colon y sirven de alimento a determinados microorganismos. La calidad del patrón alimentario probablemente importa mucho más que cualquier suplemento aislado.

El ambiente también cuenta. El contacto normal con otras personas, animales, suelo, vegetación y espacios naturales expone al niño a una diversidad microbiana mayor que la vida en espacios excesivamente aislados. Esto no significa abandonar el lavado de manos, la seguridad alimentaria o las medidas para prevenir infecciones reales. La alternativa a la sobredesinfección no es vivir en suciedad. La idea es más sencilla: higiene no significa esterilidad.

Probióticos: una palabra demasiado amplia

Los probióticos son microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, producen un beneficio para la salud. La definición parece sencilla, pero contiene varios requisitos importantes. No basta con que un producto contenga bacterias vivas. Debe conocerse qué microorganismo contiene, en qué cantidad, para qué condición ha sido estudiado y si puede llegar viable al lugar donde se espera que actúe.

Los efectos de los probióticos son específicos de cada cepa. No pueden extrapolarse automáticamente de una especie a otra, de una combinación a otra ni de una enfermedad a otra. Dos productos que muestran el mismo género bacteriano en la etiqueta pueden producir resultados diferentes.

Este detalle explica por qué preguntar “¿sirven los probióticos?” se parece a preguntar “¿sirven los medicamentos?”. La respuesta depende de cuál, para quién y para qué.

En pediatría, algunos probióticos han mostrado beneficios modestos en situaciones concretas, como la prevención de ciertos casos de diarrea asociada a antibióticos. En cambio, en otras condiciones —como cólico del lactante, dermatitis atópica, síndrome de intestino irritable o gastroenteritis aguda— la evidencia es más variable y no permite recomendar “un probiótico” de forma general.

Dicho de otro modo: algunos sí pueden ayudar, pero no todos sirven para todo, y muchos productos comerciales prometen más de lo que han demostrado.

El caso especial de los prematuros

Los recién nacidos prematuros merecen una consideración aparte. Algunos estudios han encontrado que determinadas preparaciones probióticas podrían reducir complicaciones intestinales graves en esta población. Pero esa decisión pertenece exclusivamente al ámbito hospitalario.

Los prematuros tienen barreras intestinales inmaduras, sistemas inmunitarios vulnerables y mayor riesgo de infección invasiva. Por eso, en ellos no basta con preguntar si una cepa podría ser útil. También importan la calidad de fabricación, la pureza del producto, la dosis real y la vigilancia clínica.

En otras palabras, los probióticos para prematuros no deben entenderse como suplementos de uso familiar, sino como una intervención médica compleja.

El yogur, el kéfir y otros productos similares pueden formar parte de una alimentación saludable, pero “fermentado”, “con cultivos vivos” y “probiótico” no son sinónimos.

Prebióticos y alimentos fermentados

Los prebióticos no son microorganismos. Son sustancias que ciertos microbios utilizan de manera selectiva y que pueden producir un beneficio para la salud. Algunos están presentes naturalmente en los alimentos y otros se añaden a fórmulas o suplementos.

Los estudios pediátricos han explorado posibles efectos sobre la composición de la microbiota, la consistencia de las deposiciones, algunas infecciones y manifestaciones alérgicas. Pero los resultados son heterogéneos y dependen del compuesto utilizado, la dosis, la edad y el contexto nutricional.

En términos prácticos, la mayoría de los niños sanos no necesita empezar por un suplemento. Una alimentación apropiada para la edad, progresivamente variada y con suficientes alimentos vegetales ofrece numerosos sustratos que el ecosistema intestinal puede utilizar.

Algo parecido ocurre con los alimentos fermentados. El yogur, el kéfir y otros productos similares pueden formar parte de una alimentación saludable, pero “fermentado”, “con cultivos vivos” y “probiótico” no son sinónimos. Un alimento puede ser nutritivo y beneficioso sin haber demostrado un efecto probiótico específico. Del mismo modo, la presencia de millones o miles de millones de bacterias en una etiqueta no demuestra por sí sola que el producto mejore la salud.

La mejor estrategia no suele estar en un frasco

La mejor manera de cuidar el microbioma de un niño rara vez empieza comprando un suplemento. Empieza usando antibióticos solo cuando existe una indicación clínica clara. Continúa con una alimentación variada y apropiada para la edad, rica en frutas, verduras, legumbres y otras fuentes de fibra. Incluye contacto normal con personas, animales y ambientes naturales, sin confundir higiene razonable con la necesidad de esterilizar cada superficie.

Y exige mantener expectativas realistas sobre los productos comerciales. Un probiótico puede ser útil cuando existe una indicación concreta, una cepa estudiada y una dosis adecuada. Pero no sustituye una alimentación saludable, no “reinicia” automáticamente el microbioma después de un antibiótico y no corrige por sí solo problemas complejos del metabolismo o del sistema inmunitario.

Conviene desconfiar especialmente de los productos que prometen, al mismo tiempo, “subir las defensas”, equilibrar la flora, mejorar la digestión, prevenir alergias y optimizar el bienestar general. Cuanto más amplia es la promesa, más probable es que exceda la evidencia.

Ni moda ni milagro

El microbioma no es una moda vacía. La ciencia ha demostrado que los ecosistemas microbianos forman parte de nuestra biología y participan en funciones reales del metabolismo, la inmunidad y la salud intestinal. Pero tampoco son una explicación milagrosa para todas las enfermedades.

La lección más útil para las familias quizá sea esta: cuidar el microbioma no significa obsesionarse con bacterias buenas o malas. Significa comprender que la salud humana también depende de los ecosistemas que viven con nosotros. Y que esos ecosistemas responden cada día a decisiones tan cotidianas como qué comemos, cuándo usamos antibióticos, cuánto desinfectamos y qué tan conectados vivimos con el mundo real.

La ciencia de los probióticos seguirá avanzando y probablemente identificará intervenciones cada vez más precisas. Pero, por ahora, la respuesta a la pregunta “¿podemos mejorar el microbioma?” es necesariamente matizada: a veces, con la cepa correcta, para la persona correcta y con una indicación concreta. Para la mayoría de las familias, sin embargo, la mejor estrategia sigue siendo menos comercial y más sencilla.

Cinco ideas clave

  • La microbiota es la comunidad de microorganismos que vive en el cuerpo; el microbioma incluye además sus genes, productos e interacciones con nuestro organismo.
  • Durante la infancia, el ecosistema microbiano todavía está madurando y puede verse influido por la alimentación, los antibióticos y el ambiente.
  • Los efectos de los probióticos son específicos de cada cepa, dosis e indicación; no pueden generalizarse a todos los productos.
  • Algunos probióticos pueden ofrecer beneficios modestos en situaciones concretas, pero no existe evidencia para utilizarlos como solución universal ni para “fortalecer las defensas” de todos los niños.
  • La mejor manera de cuidar el microbioma normalmente no está en un frasco: consiste en una alimentación variada, uso prudente de antibióticos y contacto normal con el entorno.