Esta es una historia que el Perú debe mirar porque la tecnología bien usada habilita trayectorias de vida.

Por Juan Carlos Luján, columnista.

Los primeros años de Cliver Huamán debieron ser duros. Él quizá no lo percibió así, porque la inocencia suele amortiguar las grietas de la vida. Pero ahí estaba: entrando a la pequeña radio comunitaria donde trabajaba su padre, tomando un micrófono que parecía más grande que él, y tratando de narrar cuentos para Huampica, un centro poblado ubicado a más de 2.700 metros sobre el nivel del mar. Su hermano mayor, Kenny Huamán, lo observaba junto con su padre. Sabía que ese niño tenía algo distinto: una voz que se encendía frente a un relato, una intuición para el ritmo y la emoción.

En su casa no había cable ni internet. El entretenimiento era un lujo que no llegaba, pero sí había dos videos de fútbol: uno de ellos traía los goles de Lionel Messi. Ahí empezó todo. Kenny lo recuerda en un revelador documental realizado meses atrás por Raúl Romero, periodista de FibernetTV. Cliver veía, memorizaba, imitaba. Repetía nombres, frases, cadencias. Sin quererlo, estaba entrenando el oficio de narrar, pero desde un contexto donde nadie hubiera apostado por la idea de que ese niño podría -algún día- transmitir para miles.

Pasaron los años. Cliver seguía en lo suyo. Su extroversión lo llevó a narrar partidos escolares, torneos de barrio, encuentros de segunda división y también en programas radiales, como Pasión Deportiva, de Jhilmer Silvera. Gracias a él aprendió del fútbol local, del empuje de los equipos provincianos, de ese terreno áspero que siempre acompaña a quienes quieren surgir desde regiones. Cuando Los Chankas llegaron a la Liga 1, él ya tenía algo más que entusiasmo: tenía calle. Y cuando el 2021 por fin llegó la conectividad a su zona, se abrió la puerta que le faltaba. Su voz dejó de ser un eco en Huampica y comenzó a circular en redes sociales como “Pol Deportes”, amplificando su radio de acción, ganando seguidores que se emocionaban con esa narrativa talentosa.

«Y cuando el 2021 por fin llegó la conectividad a su zona, se abrió la puerta que le faltaba».

La historia llegó a su punto más visible hace poco, cuando narró la final de la Copa Libertadores desde lo alto del cerro Puruchuco, a más de 400 metros sobre el Estadio Monumental. Jugaban Flamengo y Palmeiras. Cliver no estaba acreditado para ingresar ni tenía dinero para pagar las entradas, pero encontró su manera y, junto con su padre y hermano, subió al cerro Puruchuco. Su presencia en Lima lo anunciaba desde un mes antes en sus cuentas en Facebook, Instagram y Tik Tok. Sabía que debía estar allí y tenía el compromiso con sus seguidores. Esa capacidad de encontrar una vía alterna  -no la ideal, no la legítima, pero sí la posible- es una habilidad que muchos jóvenes del país desarrollan por necesidad. Por eso siempre decimos en redes sociales que #ElPerúesclave.

El talento necesita oportunidades

Cliver improvisó su cabina de transmisión con un celular, trípode y señal de internet (seguro no era Movistar porque en el mismo Andahuaylas he tenido problemas con esa empresa). Y, desde ese cerro, narró como si estuviera en la cabina oficial. Lo que para algunos fue una curiosidad viral, para otros fue un recordatorio poderoso: el talento nace en cualquier geografía, pero necesita oportunidades para ser visto.

Aquí es donde la historia deja de ser anecdótica y se convierte en una radiografía del Perú contemporáneo. Cliver encarna habilidades que nuestro sistema educativo, laboral y cultural rara vez considera y reconoce: adaptabilidad, resiliencia, pasión sostenida, audacia y un uso estratégico de los nuevos medios. No son habilidades menores; son las que hoy determinan quién avanza en un entorno marcado por la volatilidad.

Centro poblado de Huampica, perteneciente al distrito de Andarapa, provincia de Andahuaylas, región Apurímac, lugar donde la familia de «Pol Deportes» ayudó a construir su sueño gracias a la llegada de la fibra óptica.

Sociólogos como Zygmunt Bauman lo explicaron de manera elocuente: vivimos en una modernidad “líquida”, donde las estructuras sólidas se derriten y las trayectorias estables ya no existen. En ese contexto, quienes prosperan no son quienes acumulan títulos en papel, sino quienes desarrollan la elasticidad mental para moverse, reinventarse y construir caminos donde no los había. Cliver lo hizo por intuición, por necesidad y por pasión.

Su adaptabilidad es evidente: no pudo ingresar al estadio, así que narró desde un cerro. Su resiliencia está en los años de práctica silenciosa, sin reflectores, sin cabinas profesionales. Su audacia aparece cada vez que enciende la cámara y se expone ante miles, sabiendo que el juicio digital es duro y veloz. Y su pasión es la que le permite sostener una disciplina diaria que pocos adultos podrían mantener.

El rol de la conectividad

Pero hay un elemento esencial que explica su ascenso: la conectividad de la empresa andahuyalina Fibernet. Sin fibra óptica, su historia no habría cruzado ninguna frontera. Recuerdo cuando años atrás recorría los centros poblados y distritos ubicados entre Abancay y Andahuaylas. Todos dependían de internet satelital, era lento (no como Starlink que es muy veloz) y cuando llovía, perdías señal.

Hoy la infraestructura no solo habilita tecnologías; habilita trayectorias de vida. Cuando una comunidad recibe internet de alta velocidad, recibe también la posibilidad de participar en la economía del siglo XXI.

Cliver no es un caso aislado. Es un ejemplo visible de un fenómeno que recorre el país: jóvenes que aprenden fuera de las aulas, que se forman con las herramientas que tienen, que construyen identidad digital antes que identidad profesional, y que entienden el potencial de las redes mejor que muchos adultos que intentan regularlas o limitarlas.

Su historia importa porque nos dice algo incómodo: el talento peruano no está esperando un decreto ni un programa oficial. Está esperando conectividad, oportunidades y menos desprecio por las habilidades que no encajan en el molde tradicional.

“Pol Deportes” escaló un cerro para narrar un partido. Pero, sin saberlo, escaló también un peldaño del futuro. Ese futuro donde la voz que se atreve -aunque sea con un celular y un poco de señal- termina encontrando su audiencia. Ese futuro donde la creatividad vale más que los permisos. Y donde un chico de Huampica, perteneciente a la provincia de Andarapa, en Andahuyalas, puede enseñarle al Perú algo que el Perú todavía no aprende: que la pasión, cuando encuentra camino, siempre hace ruido.