¿Qué le está haciendo la inteligencia artificial a nuestra chispa más humana: la creatividad? Según el MIT, la IA se perfila como un arma de doble filo.

Por Fernando Rodríguez Henostroza, colaborador

El lado claro: «activo cognitivo»

En el vertiginoso panorama tecnológico actual, la inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una promesa de ciencia ficción para convertirse en una herramienta cotidiana. Desde oficinas en Lima hasta laboratorios de investigación en todo el mundo, su adopción es masiva. Sin embargo, más allá de la automatización de tareas, emerge una pregunta fundamental que definirá nuestra vida:

¿Qué le está haciendo la IA a nuestra chispa más humana, la creatividad? La respuesta, según una serie de influyentes estudios e iniciativas del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), no es un simple «sí» o «no». La IA se perfila como un arma de doble filo: puede ser una musa tecnológica sin precedentes que amplifique nuestra inventiva o un eco homogeneizador que nos conduzca a una peligrosa «deuda cognitiva».

El impacto de la IA en la innovación, concluyen los expertos, no depende de la máquina, sino del ser humano que la utiliza.

El colaborador cognitivo: IA como catalizador de preguntas

El primer cambio de paradigma que propone el MIT es dejar de ver la IA como una simple herramienta de eficiencia y empezar a tratarla como un «colaborador creativo». Esta visión transforma radicalmente la interacción: no le pedimos respuestas, le pedimos que nos ayude a formular mejores preguntas.

Hal Gregersen, profesor del MIT Sloan, observó que cuando los equipos tratan a la IA como un co-creador, se atreven a explorar terrenos desconocidos y a formular preguntas más audaces. En un estudio que analizó a cerca de 200 líderes en 30 países, Gregersen descubrió que la colaboración con IA incrementó la velocidad, variedad y novedad de las preguntas formuladas por los equipos.

El mecanismo es fascinante: la IA responde con rapidez las preguntas superficiales, liberando a los humanos para que profundicen en los «por qués» más complejos. Esta dinámica genera lo que Gregersen denomina «preguntas catalizadoras», aquellas que desafían los supuestos establecidos y sacan a los equipos de su zona de confort. Los resultados son tangibles: en una encuesta a ejecutivos, el 79% reportó hacer más preguntas y un sorprendente 75% planteó cuestiones únicas que cambiaron el rumbo de sus proyectos gracias al apoyo de la IA.

En esencia, la IA actúa como un socio cognitivo que nos ayuda a explorar lo desconocido, permitiendo que emerjan soluciones creativas que, de otro modo, permanecerían ocultas.

La cláusula oculta: creatividad solo con metacognición

Sin embargo, esta potenciación de la creatividad no es automática. Un experimento crucial del MIT Sloan en 2025 arrojó luz sobre el ingrediente indispensable: la metacognición.

En el estudio, 250 empleados fueron asignados aleatoriamente a usar o no ChatGPT en sus tareas. Los resultados fueron claros: aquellos que usaron IA generativa fueron evaluados como más creativos por sus supervisores. Pero esta mejora tenía una condición fundamental: solo ocurría cuando los empleados aplicaban estrategias metacognitivas sólidas.

La metacognición, en términos sencillos, es «pensar sobre cómo pensamos». Los usuarios más reflexivos —aquellos que analizaban sus tareas, monitoreaban su propio pensamiento y ajustaban sus enfoques— fueron capaces de aprovechar la IA para generar soluciones verdaderamente originales. Quienes no lo hicieron, no mostraron mejoras significativas.

El estudio concluye enfáticamente que «la IA generativa no es una solución automática para la creatividad». Incluso las herramientas más potentes «no impulsarán la creatividad si los empleados no saben usarlas eficazmente». Esto sugiere que, a la par de la adopción tecnológica, las empresas y centros educativos deben enfocarse urgentemente en capacitar a las personas en pensamiento metacognitivo. La IA, por sí sola, no nos hace creativos; simplemente nos da acceso a más información y nos ofrece «pequeños descansos mentales». Solo quienes tienen una buena metacognición saben cómo explotar esos beneficios para fomentar la inspiración.

El lado oscuro: «deuda cognitiva» y la pérdida de la hoja en blanco

¿Qué sucede cuando falta esa participación activa? Aquí es donde la IA muestra su rostro más preocupante. Un estudio del MIT Media Lab (Kosmyna et al., 2025) exploró los efectos cognitivos directos del uso de IA en tareas creativas.

Se dividió a 54 personas en tres grupos para escribir ensayos: uno usando solo ChatGPT, otro usando un buscador web tradicional (como Google) y un tercero sin ninguna herramienta. Los hallazgos fueron alarmantes.

El grupo que usó solo ChatGPT mostró la menor actividad cerebral durante la escritura. Su rendimiento fue inferior «a nivel neural, lingüístico y conductual». Sus ensayos tendieron a ser homogéneos, faltos de pensamiento original. Peor aún, hacia el final del experimento, muchos participantes simplemente copiaban y pegaban texto del chatbot en lugar de elaborar sus propias ideas.

En contraste, quienes escribieron sin ayuda de IA mostraron la mayor conectividad cerebral en áreas asociadas a la creatividad y la ideación. Se sintieron más comprometidos y orgullosos de su trabajo.

Los investigadores advierten que una confianza pasiva en la IA puede llevar a una «deuda cognitiva», donde reducimos nuestro esfuerzo creativo y la retención de conocimiento. Una dependencia excesiva de los modelos de lenguaje (LLM) podría, a largo plazo, debilitar habilidades humanas fundamentales como la imaginación, la memoria y el pensamiento crítico.

Además, científicos del MIT Media Lab señalaron en una publicación en la revista Science que, si bien la IA puede acelerar fases creativas, también «puede eliminar el proceso de ideación que surge de una hoja en blanco». Ese momento de esfuerzo inicial, aunque difícil, a menudo es crucial para la verdadera originalidad.

El imperativo humano: la creatividad en la era de la IA

El futuro de la creatividad no depende de la potencia de la IA, sino de la profundidad de nuestra intención. La IA, usada de forma pasiva, puede aquietar nuestras mentes y conducir a la uniformidad. Pero usada activamente, como una colaboradora reflexiva, se convierte en una herramienta poderosa para la innovación.

En la era de la IA, las máquinas se encargarán de las tareas rutinarias, lo que nos obligará (y permitirá) a los humanos enfocarnos más en la imaginación y la creatividad. Lejos de hacerla obsoleta, la IA hará que la creatividad sea más importante y más exclusivamente humana que nunca.

Para mí, el desafío es claro. No debemos preguntar qué hará la IA por nosotros, sino qué haremos nosotros con la IA. La respuesta requerirá un nuevo enfoque en la educación, centrado en el pensamiento crítico y las habilidades metacognitivas. Solo así podremos asegurar que esta revolución tecnológica se traduzca en una verdadera aliada para la innovación, ayudándonos a imaginar y construir soluciones creativas para los complejos desafíos del mañana.