En la Costa Verde hay un pequeño humedal costero que languidece en el olvido. Aunque cumple con la definición de la Convención Ramsar, ni el Minam ni los municipios de Barranco y Chorrillos se hacen responsables de este espacio contaminado por la presencia humana.

Por Juan Carlos Luján, columnista.

Este no es un artículo sobre tecnología ni sobre inteligencia artificial. Quienes leen Vida y Futuro saben que suelo escribir sobre IA, innovación y sus impactos. Esta vez no. Apunta más bien a la ciencia, a explicar qué es un humedal y por qué resulta clave para el ecosistema marino. No soy especialista en el tema, pero me he documentado lo suficiente para poder explicarlo y, sobre todo, lo he visitado para contextualizarlo con la esperanza de despertar el interés y la responsabilidad de las autoridades competentes.

¿Por qué me preocupa tanto el único humedal costero que desde el 2022 (durante la pandemia) subsiste en la Costa Verde? Porque es lo primero que veo cada mañana cuando me levanto. Antes incluso de revisar el celular, mis ojos se detienen en el horizonte, en un totoral que rompe la monotonía de la arena, las sombrillas, los comercios y el cemento en la playa Sombrillas. Es un parche verde, persistente, que no termina de encajar con el paisaje seco del litoral limeño. Durante meses lo observé sin prestarle demasiada atención. Estaba ahí, simplemente. Hoy sé que no es un detalle menor. Es un humedal costero, pequeño, sí, pero funcional para aves, peces y otros organismos de la flora y fauna marina.

Viví casi treinta años de espaldas al mar. Como muchos limeños, lo tenía cerca, pero no lo miraba. Desconocía su presencia cotidiana, sus dinámicas silenciosas, su fragilidad. Mudarse cambió la perspectiva. No solo geográfica, también mental. Ese totoral (‘Scirpus californicus‘), una planta acuática de tallo alto típica de zonas donde aflora agua dulce, no aparece por casualidad. No es decoración natural ni vegetación espontánea sin función. Es una señal ecológica clara, ampliamente documentada en estudios sobre humedales costeros y vegetación palustre.

En Lima no llueve en verano. El suelo se seca y la vegetación se mantiene con esfuerzo humano. Sin embargo, el totoral sigue verde. Se mantiene vivo cuando todo alrededor se agota. Y eso dice mucho. No hay que ser especialista en ciencias ambientales para entenderlo. Basta con observar. O mejor aún, basta con leer.

Es un humedal, según la Convención Ramsar

El Manual de la Convención Ramsar, tratado internacional que el Perú suscribió en 1992, define a los humedales como zonas donde el agua está presente de forma permanente o recurrente, sin exigir un tamaño mínimo como condición.

Ese es el punto que incomoda. Porque reconocer que este totoral forma parte de un humedal implica asumir responsabilidades. Implica aceptar que no todo espacio costero es un lienzo en blanco para el comercio estacional, el estacionamiento improvisado de vehículos o la ocupación informal de negocios. Implica ordenar, regular y proteger.

El Ministerio del Ambiente (Minam), ente rector de la política ambiental en el Perú
no reconoce oficialmente este espacio como humedal. Tampoco figura en los registros de ecosistemas priorizados ni en la lista de sitios Ramsar. El Serfor, responsable de la gestión forestal y de fauna silvestre tampoco ha iniciado acciones visibles para su evaluación o protección.

En el Perú solo existen 14 humedales reconocidos oficialmente, según información recopilada por Actualidad Ambiental.

Pero la naturaleza no funciona con expedientes pendientes. El agua sigue fluyendo, aunque no esté registrada. El totoral sigue creciendo, aunque no esté categorizado. Las aves llegan temprano, aunque el lugar hoy luzca abandonado, con basura plástica, restos de actividades humanas y señales claras de descuido institucional.

Muy temprano, cuando la playa aún está vacía y la ciudad apenas despierta, las aves ocupan el humedal. Se alimentan, descansan y usan el espacio como refugio. Luego, con el ruido, el tránsito, los vendedores y los bañistas, se van. No desaparecen por capricho. Se retiran porque el ecosistema deja de ofrecerles condiciones mínimas.

Falta de voluntad política

La Costa Verde es un territorio de competencias fragmentadas. Municipios como Chorrillos y Barranco, autoridades ambientales y otros organismos del Estado comparten responsabilidades, pero nadie las asume de forma integral. Iniciar un proceso técnico para reconocer este humedal implicaría coordinación, estudios y voluntad política. Implicaría aceptar límites en un espacio donde hoy se prioriza el uso estacional y el beneficio inmediato.

El totoral resulta incómodo porque evidencia lo que muchos prefieren ignorar. Porque demuestra que hay agua dulce donde, según la lógica urbana, no debería haberla. Porque contradice la idea de que ese espacio es solo playa.

Y ahí está el problema de fondo. No es falta de información. Las definiciones existen, los manuales están disponibles, los compromisos internacionales están firmados. Lo que falta no es conocimiento. Es decisión.

Cada mañana, ese pequeño humedal sigue ahí. Persistente, rodeado de basura que no produjo la naturaleza, soportando presión humana en silencio. Recordándonos que la naturaleza no pide permiso para existir. Pero también recordándonos algo más incómodo: que muchas veces, como sociedad y como Estado, resulta más fácil no verlo que protegerlo.