Un reporte de uDocz revela que, pese al uso extendido de la inteligencia artificial en Perú, persiste una grave falta de capacitación docente y políticas claras.
Por Diego A. Castrillón Dioses*
En plena revolución tecnológica, innovar ya no es suficiente: hoy la pregunta clave es a quién estamos incluyendo y a quién estamos dejando fuera. La inteligencia artificial (IA) avanza a un ritmo imparable en la educación superior del país, pero las brechas de acceso, preparación y acompañamiento muestran que no todos están participando en esta transformación en igualdad de condiciones.
Según el Reporte del Impacto de la IA en la Educación Superior Peruana 2025, elaborado por uDocz, el 95% de los estudiantes ya usa IA, pero solo el 49% declara tener un conocimiento alto para aplicarla en su aprendizaje. Esa brecha no es sólo técnica: es social. Significa que miles de jóvenes acceden a herramientas avanzadas sin una alfabetización profunda que les permita usarlas con criterio y eficacia. Si queremos que la innovación educativa no agrande desigualdades, las instituciones del sector público y privado así como los hacedores de política, deben actuar para contribuir en cerrar esta brecha.
Por el lado de los docentes, el reto es igual o mayor. La mayoría ha empezado a incorporar IA en su día a día, el 92% la ha usado y el 57% la emplea frecuentemente, pero apenas el 8% la integra realmente en su estrategia pedagógica. No es falta de interés: la mitad dice no tener tiempo para capacitarse y el 74% pide formación especializada. Paradójicamente, cuando la usan, la IA sí les ayuda: el 74% reporta ahorro de tiempo y el 68% considera que mejora en la calidad de sus materiales de clase. El potencial está ahí; el soporte, no siempre.
«hablar del futuro de la educación ya no puede hacerse sin hablar de Inteligencia artificial»
El problema se vuelve aún más evidente cuando miramos a las instituciones. Dos de cada tres estudiantes (66%) están insatisfechos con la integración de IA en sus universidades, aunque un contundente 74% considera “muy importante” que su institución los prepare para usarla en su futuro laboral. Y no es para menos: el 97% reconoce que la IA será clave para su desarrollo profesional, pero solo el 21% se siente realmente preparado. La demanda está clara; la oferta aún falta ser pensada y ejecutada.
Estamos entrando a un año electoral, donde la educación, ojalá, sea uno de los temas más citados en discursos y planes de gobierno; hablar del futuro de la educación ya no puede hacerse sin hablar de IA. El país necesita una política de Estado en inteligencia artificial aplicada a la educación: criterios para su uso en aulas, lineamientos sobre evaluación, estándares éticos, marcos de protección de datos y una hoja de ruta de capacitación docente. No para frenar la innovación, sino para orientarla; no para limitar a los estudiantes, sino para protegerlos; no para controlar a las universidades, sino para darles dirección.
Si algo nos deja el 2025 es la certeza de que la IA no es un añadido tecnológico sino el nuevo lenguaje del aprendizaje. Y como todo lenguaje, dominarlo abrirá puertas; ignorarlo las cerrará. La pregunta es si vamos a permitir que solo algunos lo hablen o si este será el punto de partida para que lo hablemos todos.






