El ejercicio regular es fundamental para la salud, pero para quienes sufren de dolor articular, problemas de movilidad o temen las caídas, las rutinas convencionales pueden ser un desafío. Aquí es donde el ejercicio acuático se presenta como una alternativa poderosa y versátil.

Para millones de personas en el mundo, las rutinas de ejercicio más comunes —como correr, caminar o levantar pesas— son difíciles de sostener. El dolor, la debilidad muscular, los problemas de movilidad o incluso el miedo a sufrir una caída se convierten en barreras que impiden la actividad física regular. Sin embargo, existe una solución tan refrescante como efectiva: el ejercicio acuático.

Este tipo de entrenamiento aprovecha las propiedades físicas del agua para transformar la experiencia. La flotabilidad reduce hasta en un 50% el peso del cuerpo cuando el agua llega a la cintura, lo que minimiza el estrés en las articulaciones y los huesos. Además, el agua actúa como un soporte natural, proporcionando equilibrio y seguridad a quienes tienen problemas de estabilidad, mientras que su resistencia ralentiza los movimientos y obliga a los músculos a trabajar más, convirtiendo el ejercicio en un entrenamiento de fuerza excelente, sin la necesidad de usar grandes pesos.

«El ejercicio acuático es una excelente manera de centrarse en el fitness en un entorno con menor efecto de la gravedad», explica Kimberly Olsen, fisioterapeuta del Sistema de Salud de Mayo Clinic en Mankato, Minnesota. Estos beneficios lo convierten en una opción ideal para la recuperación de lesiones deportivas, ayudando a los pacientes a recuperar la fuerza, la resistencia y la amplitud de movimiento. Pero sus alcances van mucho más allá, pues cualquier persona puede obtener un entrenamiento completo que mejore su flexibilidad y aptitud cardiovascular.

Para comenzar, no es necesario ser un nadador experto. Gran parte de los ejercicios se realizan en la parte poco profunda de una piscina, lago o mar, donde solo se necesita poder mantenerse de pie. La clave está en ajustar la rutina a las necesidades y objetivos de cada uno. Desde caminar por el agua hasta actividades más intensas como el aquarunning (correr en aguas profundas), las opciones son variadas y se adaptan a todos los niveles de capacidad física.

La temperatura del agua es un factor clave. Las piscinas con temperaturas más frescas (entre 27 y 31 °C) son ideales para entrenamientos de alta intensidad, así como para personas propensas a sobrecalentarse, como mujeres embarazadas o quienes padecen esclerosis múltiple. En cambio, las temperaturas más cálidas (entre 29 y 33 °C) son más adecuadas para quienes sufren de dolor crónico, artritis o fibromialgia, ya que el calor ayuda a relajar los músculos y aliviar las molestias.

Olsen advierte, sin embargo, que el ejercicio en el agua puede sentirse tan fácil que las personas «suelen tolerar sesiones más largas». Esta sensación de facilidad puede llevar a excederse en la intensidad o en la duración, lo que aumenta el riesgo de sobrecargar el cuerpo. Es importante escuchar al cuerpo y no ignorar la fatiga. Por eso, si vas a comenzar, siempre es recomendable consultar con un profesional de la salud para diseñar un plan adecuado.

*En la creación de este texto se usaron herramientas de inteligencia artificial.