La inteligencia artificial nos obliga a repensar en la educación, nos exige distinguir entre producir un resultado y comprender realmente un proceso de aprendizaje. Sobre esto nos escribe esta semana el experto Juan Carlos Luján.

Por Juan Carlos Luján, columnista.

Hace unos días tuve la oportunidad de compartir estas reflexiones durante la masterclass “Más allá de ChatGPT: ciudadanía, aprendizaje e inteligencia artificial”, desarrollada en el marco de Aula Abierta, un encuentro académico organizado por Sumemos Educación, en alianza con la Asociación de Colegios IB Perú (ASCIBP), que reunió en Trujillo a docentes de distintos colegios para debatir los desafíos que enfrenta la educación en la era de la inteligencia artificial.

Lo más interesante no ocurrió cuando mostramos las herramientas. Ocurrió cuando dejamos de hablar de tecnología y empezamos a hablar de educación.

¿Qué debería aprender un estudiante si cualquier respuesta está a un clic de distancia? A partir de esta reflexión se analizó con los docentes de la evolución de la educación en las últimas décadas y los cambios que se avecinan por el impacto de la IA. FOTO: Sumemos Educación

Durante la sesión se generó un intenso intercambio de opiniones con los docentes. La preocupación era compartida: ¿está la inteligencia artificial debilitando la comprensión lectora y la capacidad de escritura de los estudiantes? Algunos manifestaban que cada vez reciben más trabajos elaborados con ayuda de plataformas como ChatGPT y Gemini; otros reconocían que resulta difícil distinguir cuánto del texto pertenece realmente al alumno y cuánto fue producido por una máquina. La inquietud era legítima, pero también revelaba que, quizás, estábamos evaluando como si estuviéramos en el siglo XX.

La discusión no debería centrarse únicamente en si los estudiantes utilizan inteligencia artificial. La verdadera pregunta es si nuestras formas de enseñar y evaluar siguen respondiendo a una realidad que ha cambiado radicalmente.

La información a un clic

Durante décadas, la escuela se organizó alrededor de una premisa que hoy ha dejado de ser válida. El acceso al conocimiento era limitado. Los libros, las bibliotecas, los CD y, posteriormente, Internet fueron ampliando las posibilidades de encontrar información, pero seguía existiendo una diferencia importante entre quien sabía buscar y quien no. Con la llegada de la inteligencia artificial generativa esa lógica cambió por completo. Hoy cualquier estudiante puede obtener en segundos un resumen, una explicación, un esquema o incluso un ensayo sobre casi cualquier tema.

Eso no significa que haya aprendido. Y esa diferencia es, probablemente, el mayor desafío educativo de nuestro tiempo.

La inteligencia artificial no está reemplazando el aprendizaje. Está obligándonos a distinguir entre producir un resultado y comprender realmente un proceso. Un estudiante puede presentar un texto impecablemente redactado y, al mismo tiempo, ser incapaz de defender oralmente sus argumentos, explicar por qué eligió determinada fuente o identificar los sesgos presentes en la información que utilizó.

Talleristas participantes en el Aula Abierta. De izquierda a derecha Víctor Vich, Jorge Tejero Green, Nae Hanashiro, Jeremías Gamboa y el autor del artículo. FOTO: Sumemos Educación

Por eso, la preocupación por la comprensión lectora y la escritura merece un análisis más profundo. Si delegamos completamente la elaboración de textos a una herramienta de IA, existe el riesgo de que los estudiantes reduzcan el tiempo dedicado a leer, interpretar, organizar ideas y construir argumentos propios. Esas competencias siguen siendo esenciales y ningún modelo de lenguaje puede desarrollarlas por nosotros.

Sin embargo, culpar a la inteligencia artificial sería tan simplista como culpar a Internet, a las calculadoras o incluso a los procesadores de texto cuando aparecieron. La tecnología no determina, por sí sola, la calidad del aprendizaje. Lo hace el uso pedagógico que decidimos darle.

Ese fue, precisamente, uno de los consensos que surgió durante el diálogo con los docentes. La inteligencia artificial no debe convertirse en un sustituto del esfuerzo intelectual, sino en un apoyo para enriquecerlo. Puede ayudar a organizar ideas, ofrecer perspectivas diferentes, resumir documentos extensos o generar preguntas para iniciar una investigación. Pero el análisis, la interpretación, la toma de decisiones y la construcción del conocimiento siguen dependiendo del estudiante y del acompañamiento del docente.

El nuevo rol del docente

Esta realidad también obliga a revisar el papel del profesor. Durante muchos años identificamos al docente con la transmisión de información. Hoy esa información circula por múltiples canales y, en muchos casos, llega antes al estudiante que al aula. Lejos de disminuir su importancia, esta nueva realidad hace que su función sea todavía más relevante. Su principal aporte ya no consiste en ser la fuente exclusiva de conocimiento, sino en ayudar a interpretar ese conocimiento, cuestionarlo, contrastarlo y darle sentido.

En otras palabras, el docente deja de competir con la inteligencia artificial por la velocidad de las respuestas y comienza a diferenciarse por la calidad de las preguntas que es capaz de plantear.

Ese cambio también alcanza a la evaluación. Si seguimos diseñando actividades cuya única finalidad es comprobar si un estudiante puede producir un texto, probablemente la inteligencia artificial encontrará la manera de hacerlo mejor y más rápido. En cambio, si proponemos estudios de caso, debates, proyectos interdisciplinarios o actividades donde deban validar información, justificar decisiones, argumentar con evidencias y defender públicamente sus conclusiones, la IA deja de ser una amenaza y se convierte en un recurso más dentro del proceso de aprendizaje.

Quizá por eso, una de las ideas que más resonó durante la masterclass fue que el verdadero desafío ya no consiste en descubrir si un estudiante utilizó inteligencia artificial. El desafío consiste en diseñar experiencias de aprendizaje donde el uso de estas herramientas no sustituya el pensamiento crítico, sino que lo fortalezca.

Parte del equipo de expositores y docentes de Trujillo, Chiclayo, Piura, Cajamarca y la red de COAR del norte del país en los diversos talleres de Aula Abierta, desarrollados en la sede el Montessori International College, en Trujillo. FOTO: Sumemos Educación

La alfabetización en inteligencia artificial tampoco debería limitarse a enseñar cómo escribir mejores prompts. Debe incluir la capacidad de preguntar, analizar, verificar información, reconocer sesgos, comprender cómo funcionan los modelos de lenguaje, proteger los datos personales y decidir cuándo una respuesta generada por una IA merece confianza y cuándo debe ser cuestionada.

La inteligencia artificial seguirá evolucionando. Cada semana seguirán apareciendo actualizaciones y nuevas funciones, más rápidas, más multimodales, más precisas y más fáciles de usar. Lo que no cambiará será la necesidad de formar personas capaces de pensar por sí mismas.

Quizá esa sea la mayor lección que me dejó el diálogo con los docentes en Trujillo. La inteligencia artificial puede producir respuestas cada vez más sofisticadas. Pero la educación seguirá teniendo una misión insustituible: formar ciudadanos capaces de comprender, resolver problemas, escribir con sentido, argumentar con evidencias y decidir, con criterio y responsabilidad, cuándo confiar -y cuándo no- en una respuesta generada por una máquina.

Porque, al final, el verdadero valor de la educación nunca ha estado en entregar respuestas. Siempre ha estado en enseñar a pensar.