Una publicación sobre China me hizo descubrir que yo también estaba usando mal un concepto que Unesco cuestiona desde hace años. El problema va mucho más allá de las palabras.

Por Juan Carlos Luján, columnista.

Hace unos días vi en Facebook una publicación que inmediatamente despertó mi curiosidad. El titular decía: “¡Adiós a los influencers! China llena sus pantallas gigantes con los rostros de sus científicos”. Mi primera reacción fue casi automática, internamente dije: “esto es fake news y lo voy a compartir”, pero la curiosidad por ir a la fuente primaria de la información hizo que  a un lado el reenvío.

Decidí buscar la fuente original en publicaciones chinas y descubrí que la historia no era falsa. Desde agosto, diversos espacios comerciales de China comenzaron a utilizar grandes pantallas y carteles publicitarios para mostrar los rostros de científicos reconocidos. Hasta ahí todo bien, pero lo que no encontré fue evidencia de que esa campaña haya sido una decisión del Gobierno chino. Tampoco ordenó retirar anuncios de influencers y reemplazarlos por sus científicos.

Composición de los diferentes avisos en China que celebrarían a los científicos en lugar que a los influencers.

Había, entonces, un hecho verdadero. Pero estaba presentado de una manera que podía conducirnos a una interpretación equivocada. Y yo acababa de cometer otro error: llamarlo de inmediato fake news o noticia falsa.

Lo cuento porque llevo años trabajando en periodismo, comunicación digital e inteligencia artificial y yo mismo he utilizado muchas veces esa expresión. Probablemente usted también y colegas en ONG y en el sector gobierno. Pero deberíamos comenzar a abandonar esta frase.

Advertencia olvidada por todos

No es porque sea anglosajona. En el documento “Periodismo, noticias falsas & desinformación” (2018), precisa que la palabra “noticia” se refiere exclusivamente a información de interés público verificada. Por lo tanto, si el contenido es inventado o que la expresión se ha convertido en un término empleado como arma política por gobernantes y grupos de poder para debilitar la confianza en las noticias.

Sin embargo, seguimos hablando de fake news. Lo hacen medios de comunicación, instituciones públicas, universidades, empresas y organizaciones que incluso desarrollan campañas de alfabetización digital.

No podemos afirmar que quienes utilizan la expresión pretendan desacreditar al periodismo. Eso supondría atribuir una intención que no podemos demostrar. Pero sí podemos hablar de desconocimiento conceptual. Y aquí aparece el tema de la alfabetización mediática.

El marco recogido por Unesco nos obliga a ser más precisos. No es lo mismo misinformation, información falsa o engañosa sin intención deliberada de causar daño, que disinformation, donde existe intencionalidad. También existe la malinformation, basada en información auténtica utilizada para provocar daño. El manual dedica precisamente un módulo al denominado “desorden informativo” y a estas distinciones.

Volvamos a China

Podemos demostrar que el titular exagera y generaliza un fenómeno real. Podemos mostrar que falta contexto. Pero no podemos saber, solamente mirando esa publicación, si quien la elaboró quiso engañarnos.

El caso chino es un gran ejercicio de alfabetización mediática. ¿Es verdadero o falso?

¿Quién lo dice? ¿Cuál es la fuente original? ¿El titular representa realmente los hechos? ¿Qué información ha sido omitida? ¿Un acontecimiento particular está siendo presentado como una tendencia general? ¿Estamos frente a un error o existen evidencias de una operación deliberada?

A lo anterior sumemos el nuevo desafío, la inteligencia artificial generativa. Hoy podemos crear imágenes, voces y videos muy convincentes. Ni siquiera necesitamos recurrir a contenidos sintéticos para distorsionar la realidad. A veces basta con utilizar una fotografía auténtica, eliminar. Por eso considero que la alfabetización mediática debería enseñarse desde la escuela.

No solamente para que los estudiantes aprendan a “detectar noticias falsas”. Ese objetivo ya resulta limitado. Necesitamos enseñarles a comprender cómo se produce, verifica, distribuye y legitima la información; qué diferencia una publicación viral de una información periodística; para qué sirve una fuente; por qué importa el contexto y qué función cumple el periodismo profesional dentro de una sociedad democrática.

Solo así podremos entender que el problema es bastante más complejo. Quizás una nueva alfabetización mediática pueda comenzar con algo aparentemente insignificante, aprender a llamar a cada fenómeno por su nombre. Porque si queremos recuperar confianza en el periodismo, deberíamos empezar por no llamar noticia a aquello que precisamente no lo es.