Hace poco se celebró el Día del Gato y Heidi Paiva, fundadora del Proyecto Libertad, aprovecha este espacio para compartir su relación con Anvorguezo, un gatito rescatado… que terminó rescatándola a ella.
Por Heidi Paiva Pachas, fundadora del Proyecto Libertad.
Hay días en los que el mundo parece una batalla que no termina. Las noticias vuelan, mi teléfono no para de sonar, el trabajo me tiene a mil por hora y el corazón me late al ritmo de una lista de tareas interminable e impostergable. Y justo cuando creo que voy a colapsar, miro hacia un costado y ahí está él: Anvorguezo, mi gatito naranja de siete kilos, echado en el medio de la sala como si el tiempo no existiera.
Y entonces, de alguna forma, todo se detiene.
Anvorguezo no siempre fue mi gato. Llegó a mi vida en medio de una historia que todavía me arruga el corazón cuando la recuerdo. Su dueña, una anciana que vivía en Miraflores, empezó a olvidarlo. El Alzheimer le robó los recuerdos y con ellos la consciencia de que debía cuidar a su compañero. Anvorguezo pasó de ser el rey de una casa a compartir un espacio con otros veinte animales rescatados en una veterinaria de Villa El Salvador que nunca dice que no a los perros y gatos traicionados por la gente.
Ahí, en esa sala de cirugía que se convirtió en su refugio, encontró un lugar extraño para sentirse seguro: la tapa de un tacho de basura. Era su trono, una suerte de mirador y su pequeño territorio dentro del caos.
Cuando vi su foto mirando con cierta nostalgia hacia un lado, no sé explicarlo bien, pero lloré. Y supe, con una certeza que pocas cosas me han dado en la vida, que ese gato estaba destinado a ser mi familia.
Desde que llegó a mi departamento, Anvorguezo no solo ocupa un espacio físico. Ocupa un lugar en mi centro, en esa parte de mí que a veces se desordena y pierde el norte. Estuvo a mi lado mientras escribía mi trabajo para titularme mientras peleaba con las referencias bibliográficas y las normas APA. Estuvo conmigo en mis noches de insomnio, cuando mi mente no se apagaba y sigue aquí, todos los días, siendo mi amuleto de la buena suerte y principal motivo de felicidad.
Lo más increíble es que no hace nada especial. Solo existe. Y con su presencia, con su respiración pausada y su barriguita que sube y baja al ritmo de su sueño, me recuerda que no todo tiene que ser urgente.
En un mundo que nos empuja a ser más, a hacer más, e incluso a tener más, mi gatito me enseña lo valiosa que es la simplicidad. No tiene prisa por llegar a ningún lado. No compite con nadie. No necesita demostrar nada. Solo es un gordito que encontró su lugar en el mundo, y que, sin saberlo, me ayudó a encontrar el mío: junto a él.
A propósito del Día del Gato, quiero hablar de lo que entendí que realmente es importante. No solo se trata de celebrarlos, sino de reconocer que ellos, con su manera tan simple de estar vivos, nos ofrecen algo que el mundo moderno nos está quitando: una pausa.
Hay terapias carísimas, meditaciones guiadas, aplicaciones de mindfulness, retiros de desconexión. Y todo eso está bien. Pero yo tengo mi propia terapia: mirar a mi gato mientras se estira y bosteza, cuando parpadea lento mirándome como diciendo “tranquila, no pasa nada”, mientras ronronea con la vibración más sanadora que conozco. En esos momentos, mi frecuencia cardíaca baja. Mi respiración se alinea con la suya. El ruido de afuera se vuelve borroso.
Y por unos segundos, todo está bien.
Cuidar a Anvorguezo es mi manera de decirle gracias. Mi departamento tiene su nombre. Porque si él se va, no sé si mi casa siga siendo un hogar.
En esta fecha, más que darles un nuevo juguete o un Churu (que los aloca) el mejor regalo que podemos hacerles es estar presentes y devolverles esa paz que nos regalan. Porque, aunque no hablen nuestro idioma, los perros y gatos lo dicen todo: que la vida no es una carrera, que el descanso no debe ser negociable y que el contacto en el momento justo puede curar más que cualquier medicina.
Hoy, cuando llegue a casa, mi gatito estará como siempre. Me acostaré a su lado, pondré mi mano sobre su pancita y escucharé el motorcito de mi vida encenderse.
Y el caos, por un rato, se irá.
Feliz Día del Gato. Si tienes uno, abrázalo y, sobre todo, cuídalo. Si no tienes esa suerte, tal vez sea momento de abrirle la puerta a uno (o mejor dos) y conocer esa felicidad que no tiene camino de retorno.






