Por qué aparece, cuándo tratarla y por qué bajar la temperatura no siempre debe ser el objetivo. Esta semana, nuestro pediatra Enrique Gómez nos brinda una actualización sobre una de las respuestas corporales que más preocupa a los padres de niños pequeños.
Son las dos de la mañana. Un niño se despierta caliente, incómodo y con las mejillas rojas. El termómetro marca 39 °C. Los padres inmediatamente empiezan a hacer cálculos: ¿39 es demasiado? ¿Hay que darle algo ahora? ¿Puede seguir subiendo? ¿Y si le produce una convulsión? ¿Será que tiene “fiebre interna”?
Pocas cosas generan tanta preocupación como la fiebre. Sin embargo, buena parte de ese temor nace de una idea equivocada: pensar que la fiebre es la enfermedad que debemos combatir. En realidad, la fiebre suele ser una respuesta del organismo frente a una infección u otra enfermedad, no la enfermedad misma. Entender esa diferencia cambia por completo la manera de tratarla.
Primero: ¿cuánto es fiebre?
Como regla general, consideramos fiebre una temperatura de 38 °C o más. La temperatura puede tomarse en el recto, la frente, el oído, la boca o la axila. Los diferentes métodos pueden producir pequeñas variaciones y no todos tienen exactamente la misma precisión. En lactantes pequeños, la medición rectal sigue siendo una de las más fiables; la axilar es menos precisa.
Para la mayoría de las familias, sin embargo, lo importante no es empezar a sumar o restar décimas intentando convertir una medición axilar en rectal. Lo útil es usar correctamente un termómetro digital, saber dónde se realizó la medición y comunicar ese dato con claridad al profesional de salud. Y algo importante: no existe médicamente la llamada “fiebre interna”.
Un niño puede sentirse caliente, tener escalofríos o decir que siente calor por dentro, pero la fiebre es una elevación objetiva y medible de la temperatura corporal.
¿Por qué aparece?
La temperatura corporal está regulada por una región del cerebro llamada hipotálamo, que funciona como un termostato. Durante muchas infecciones, sustancias producidas por el sistema inmunológico hacen que ese termostato eleve temporalmente la temperatura que el cuerpo intenta mantener.
Por eso, cuando empieza la fiebre, el niño puede sentir frío y tener escalofríos aunque su temperatura esté subiendo. Su cuerpo no está “fallando”: está intentando alcanzar una nueva temperatura programada por esa respuesta biológica.
¿Y para qué sirve?
La fiebre forma parte de la respuesta inmunológica. Una temperatura más alta puede dificultar la replicación de algunos microorganismos y favorecer determinados mecanismos de defensa del organismo. En otras palabras, la fiebre no es simplemente un error del cuerpo que debemos corregir de inmediato.
¿Debemos bajarla?
Aquí hace falta equilibrio. No debemos tener miedo de la fiebre, pero tampoco necesitamos dejar incómodo a un niño “para que haga defensas”. El objetivo del tratamiento no debería ser conseguir que el termómetro vuelva a 37 °C. El objetivo es que el niño esté más confortable.
Un niño con 38,8 °C que está jugando, tomando líquidos y se encuentra razonablemente bien no necesariamente necesita un medicamento solo por el número. En cambio, otro con 38,2 °C que está decaído, adolorido, no puede dormir o rechaza líquidos puede beneficiarse de tratamiento.
Medicamentos como paracetamol o ibuprofeno pueden bajar la temperatura, pero su utilidad principal es mejorar el bienestar del niño.
Por eso, tratamos al niño, no al termómetro. Tampoco hace falta perseguir cada décima alternando medicamentos constantemente. Esta práctica puede complicar innecesariamente el tratamiento y aumentar el riesgo de errores en las dosis.
Mitos que conviene desmontar
Uno de los mitos más frecuentes es creer que una fiebre alta siempre significa una enfermedad más grave. No necesariamente. La intensidad de la fiebre no siempre refleja la gravedad del problema. En muchos casos importa mucho más el estado general del niño que el número aislado del termómetro.
Otro mito es pensar que si la fiebre no baja después de administrar un antipirético, entonces “seguro es algo malo”. La respuesta al medicamento no permite determinar de manera fiable si una infección es viral o bacteriana.
También conviene evitar remedios caseros que pueden hacer más daño que bien. No se recomienda aplicar alcohol sobre la piel ni utilizar agua helada o enfriamientos bruscos que provoquen escalofríos. Estas medidas aumentan el malestar y no solucionan la causa de la fiebre.
Fiebre no es hipertermia
La fiebre producida por una infección en un niño previamente sano no suele continuar aumentando indefinidamente hasta “cocinar” el cerebro. El organismo continúa regulando su temperatura. Esto es diferente de la hipertermia, como puede ocurrir cuando un niño queda
atrapado dentro de un automóvil cerrado en un día caluroso. En esa situación, el cuerpo recibe más calor del que puede eliminar y la temperatura sí puede alcanzar niveles peligrosos.
Fiebre e hipertermia no son lo mismo. Por eso, más que preguntarnos solamente “¿qué tan alta está la fiebre?”, conviene observar por qué aparece y cómo se encuentra el niño.
¿Cuándo sí preocuparnos?
Aquí la edad importa mucho. Un bebé menor de 3 meses con una temperatura de 38 °C o más necesita valoración médica rápida, incluso si parece encontrarse bien. En esta etapa, una infección seria puede manifestarse inicialmente solo con fiebre.
En niños mayores, el estado general cuenta gran parte de la historia. Es recomendable buscar atención urgente si el niño:
- tiene dificultad para respirar;
- está extremadamente somnoliento, confuso o cuesta despertarlo;
- presenta rigidez importante del cuello;
- tiene signos de deshidratación o no puede beber;
- presenta manchas o un sarpullido preocupante junto con la fiebre;
- tiene dolor intenso o vómitos persistentes;
- tiene una enfermedad o recibe un tratamiento que compromete su sistema
inmunológico; - o simplemente se ve progresivamente más enfermo.
Una temperatura persistentemente cercana o superior a 40 °C también merece comunicación con un profesional de salud, aunque no debe interpretarse como una frontera mágica separada del resto del cuadro. La duración también importa. Una fiebre que persiste varios días, desaparece y vuelve, o se acompaña de un deterioro progresivo debe ser evaluada.
¿Y las convulsiones febriles?
Las convulsiones febriles son una de las grandes angustias de los padres. Ocurren principalmente entre los 6 meses y los 5 años y pueden ser extremadamente alarmantes para quien las presencia. Sin embargo, la mayoría de las convulsiones febriles simples son breves y tienen un excelente pronóstico.
Y aquí hay un mensaje importante: no debemos administrar antipiréticos agresivamente con la expectativa de evitar una convulsión febril. El paracetamol y el ibuprofeno pueden mejorar el confort del niño, pero reducir la fiebre no garantiza que una convulsión no vaya a ocurrir.
Una primera convulsión asociada a fiebre debe ser evaluada médicamente. Una convulsión prolongada, repetida, focal o acompañada de otros signos preocupantes requiere atención de emergencia.
No necesitamos ganarle a la fiebre
Durante décadas hemos aprendido a mirar el termómetro como si fuera un marcador directo de peligro: 38, 39, 40. Pero la fiebre no debería convertirse en una batalla entre los padres y un número. Es una señal de que algo está ocurriendo y, muchas veces, forma parte de la respuesta normal del organismo frente a una infección.
Eso no significa ignorarla. Significa encontrar un equilibrio: observar al niño, mantenerlo hidratado, aliviar su malestar cuando sea necesario y reconocer las señales que indican que necesita atención médica. No necesitamos evitar la fiebre a toda costa. Necesitamos entenderla.
Cinco ideas clave
- Como regla general, una temperatura de 38 °C o más se considera fiebre. El lugar de medición puede influir en la precisión, pero no necesitamos sumar o restar décimas en casa.
- No existe la “fiebre interna”: la fiebre es una elevación objetiva y medible de la temperatura corporal.
- La fiebre forma parte de la respuesta inmunológica y no necesita eliminarse automáticamente.
- El objetivo del paracetamol o ibuprofeno es principalmente mejorar el confort del niño, no conseguir que el termómetro marque 37 °C.
- En menores de 3 meses, 38 °C o más requiere valoración médica rápida; a cualquier edad, el estado general y las señales de alarma son más importantes que perseguir cada décima del termómetro.






