El uso de agonistas GLP-1 sin supervisión médica crece por la presión estética, pero expertos advierten sobre efectos adversos y el peligro de la automedicación.

La búsqueda de soluciones inmediatas frente a la obesidad ha generado un fenómeno preocupante en la salud pública global: el consumo de medicamentos para la diabetes tipo 2 con el único fin de perder peso. Aunque fármacos como la semaglutida o la liraglutida han demostrado eficacia metabólica, su uso se ha desvirtuado en redes sociales, transformándose en una tendencia de consumo masivo que ignora los criterios clínicos básicos.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la obesidad se ha más que duplicado en las últimas décadas, alcanzando a más de 890 millones de adultos. Esta crisis sanitaria mundial ha servido de caldo de cultivo para que muchas personas recurran a los llamados agonistas del GLP-1 sin contar con un diagnóstico previo. Estos compuestos actúan ralentizando la digestión y prolongando la sensación de saciedad, pero su impacto en el organismo es profundo y complejo.

“El problema de fondo es que se están utilizando medicamentos potentes como si fueran productos de consumo masivo, sin entender que actúan sobre mecanismos complejos del metabolismo. No son una ‘pastilla para bajar de peso’, sino tratamientos que requieren una indicación precisa y seguimiento clínico”, advierte el Dr. Erick Piskulich, especialista en cirugía bariátrica de la Clínica Avendaño.

Un tratamiento que no es para todos

Uno de los errores más comunes es asumir que cualquier persona con exceso de peso es candidata para estos fármacos. Sin embargo, la realidad médica es distinta. La prescripción de sustancias como Ozempic, Wegovy o Saxenda requiere una evaluación exhaustiva del perfil metabólico, el historial de salud y las enfermedades preexistentes del paciente. El uso discrecional de estos medicamentos en individuos que no cumplen con los criterios clínicos puede provocar desbalances significativos en el sistema endocrino.

Más allá de los síntomas gastrointestinales leves que suelen reportarse, como náuseas o pesadez, la falta de monitoreo profesional puede derivar en complicaciones severas. El consumo sin supervisión impide la detección temprana de reacciones adversas que podrían afectar órganos vitales o generar problemas digestivos crónicos. Además, cada paciente presenta contraindicaciones específicas que solo un profesional puede identificar tras exámenes rigurosos.

La efectividad de los agonistas GLP-1 no es mágica. Los especialistas subrayan que estos fármacos son complementos y no sustitutos de un estilo de vida saludable. Sin una reestructuración de la dieta y la incorporación de actividad física regular, el riesgo de recuperar el peso perdido —el conocido efecto rebote— es extremadamente alto al suspender la medicación.

El Dr. Erick Piskulich destaca que el abordaje debe ser multidisciplinario: “Estamos frente a una enfermedad compleja que requiere un enfoque integral. El tratamiento no pasa únicamente por un fármaco, sino por un trabajo coordinado que puede involucrar médicos, nutricionistas, psicólogos, deportológos y otros especialistas”. Solo a través de este acompañamiento se logran resultados que superen los 1’000.000 de intentos fallidos por dietas milagrosas y se conviertan en cambios sostenibles.

*En la creación de este texto se usaron herramientas de inteligencia artificial.