Esta semana, el pediatra e investigador Enrique Gómez escribe sobre cómo la falta de sueño afecta el desarrollo, el aprendizaje y las emociones desde la infancia hasta la adolescencia.

Por Enrique Gómez, MD, MSc.*

Son las siete de la mañana. Un niño de ocho años apenas puede abrir los ojos para ir al colegio. En clase parece distraído, olvida las instrucciones y se irrita con facilidad. Sus padres piensan que quizá le falta disciplina o motivación. Pero hay otra posibilidad: simplemente no está durmiendo lo suficiente.

En los niños y adolescentes, la falta de sueño no siempre se manifiesta como cansancio. Muchas veces aparece como hiperactividad, impulsividad, dificultades para aprender o cambios de humor. Esto ocurre porque dormir no significa que el cerebro se apague. Mientras el cuerpo descansa, el cerebro sigue trabajando: consolida parte de lo aprendido durante el día, fortalece recuerdos, regula las emociones y se prepara para aprender nuevamente al día siguiente.

Por eso, proteger el sueño no es solo evitar el cansancio. Es proteger el desarrollo del cerebro.

Dormir también es aprender

Durante muchos años pensamos que el sueño era un periodo de inactividad. Hoy sabemos que es una de las etapas más activas para el cerebro. Mientras dormimos, este reorganiza conexiones neuronales, consolida parte de la memoria y regula funciones relacionadas con la atención, el autocontrol y las emociones. Un cerebro que no duerme bien tiene más dificultad para concentrarse, resolver problemas y recordar información aprendida durante el día.

Pero no solo importa la cantidad de horas. También importa la regularidad. El cerebro funciona con un reloj biológico que responde a la luz, la oscuridad y los horarios habituales. Acostarse a horas muy diferentes cada noche o intentar recuperar todo el sueño durante el fin de semana puede dificultar todavía más ese equilibrio.

El cerebro infantil necesita sueño, pero también necesita un horario y no tiene calendario. No sabe cuándo es lunes o sábado; solo reconoce los patrones que repetimos cada día.

Lo que cambia con la edad

Las necesidades de sueño evolucionan conforme madura el cerebro. Como orientación general, los bebés de 4 a 12 meses necesitan entre 12 y 16 horas de sueño al día; los niños de 1 a 2 años, entre 11 y 14 horas; los de 3 a 5 años, entre 10 y 13 horas; los escolares de 6 a 12 años, entre 9 y 12 horas; y los adolescentes, entre 8 y 10 horas por noche de forma habitual.

Más importante que memorizar estos números es observar cómo funciona el niño cuando está despierto. Si le cuesta levantarse, está irritable, somnoliento, impulsivo o rinde peor en el día, el sueño probablemente no está siendo suficiente o no está siendo de buena calidad.

El primer año

Los primeros meses de vida son una etapa de organización. Los despertares nocturnos son normales y forman parte del desarrollo. En esta etapa, el reloj biológico comienza a organizarse, y la exposición a luz natural durante el día, la oscuridad por la noche y las rutinas predecibles ayudan al cerebro a diferenciar cuándo debe permanecer despierto y cuándo debe descansar.

Si un bebé presenta ronquidos intensos, pausas respiratorias, dificultad para alimentarse o problemas persistentes para dormir, es importante comentarlo con el pediatra. Y cualquier estrategia para mejorar el sueño debe respetar siempre las recomendaciones de sueño seguro.

De 1 a 5 años

Un niño pequeño que duerme poco no siempre bosteza. Muchas veces corre más, habla más, protesta más y parece incapaz de quedarse quieto. Por eso, el cansancio puede confundirse con hiperactividad o problemas de conducta, cuando en realidad el cerebro está funcionando con menos descanso del que necesita.

En esta etapa las rutinas son especialmente valiosas. Una hora relativamente estable para acostarse, una rutina tranquila antes de dormir y evitar pantallas al final del día ayudan al cerebro a reconocer que la jornada terminó.

De 5 a 12 años

En la escuela, el sueño empieza a reflejarse claramente en el aprendizaje. Un niño que duerme poco puede tardar más en comprender una explicación, olvidar con mayor facilidad lo estudiado o frustrarse rápidamente ante tareas que requieren concentración. A veces pensamos que necesita estudiar más, cuando en realidad necesita descansar mejor.

En estos años también aparecen enemigos silenciosos del sueño: tareas escolares hasta tarde, actividades extracurriculares nocturnas, videojuegos, teléfonos y bebidas con cafeína. Mantener horarios consistentes y proteger la hora de dormir puede tener un impacto académico mayor del que muchos padres imaginan.

La adolescencia

Muchos padres se preguntan por qué sus hijos adolescentes ya no tienen sueño a las nueve de la noche. La respuesta está, en parte, en la propia biología. Durante la pubertad, el reloj biológico se retrasa de manera natural, de modo que muchos adolescentes comienzan a sentir sueño más tarde, aunque deban seguir levantándose temprano para ir al colegio.

El resultado puede ser una privación crónica de sueño que se agrava con tareas escolares, redes sociales, videojuegos y uso del teléfono durante la noche. Dormir poco o dormir en horarios irregulares en esta etapa se asocia con menor atención, peor memoria, más impulsividad, dificultades para regular emociones y peor rendimiento escolar.

Comprender estos cambios no significa permitir horarios sin límites. Significa reconocer que la solución no consiste únicamente en decir “acuéstate temprano”, sino en construir hábitos que respeten mejor la biología del adolescente. Un horario escolar más tardío incluso se ha asociado con mejoría en la falta de sueño en esta etapa.

Qué pueden hacer los padres

La primera herramienta no es un medicamento. Es la observación. Vale la pena preguntarse:

  • ¿A qué hora se duerme realmente?
  • ¿A qué hora se despierta?
  • ¿Usa pantallas antes de acostarse?
  • ¿Ronca o se despierta varias veces?
  • ¿Cómo funciona durante el día?

Después vienen las medidas que realmente ayudan a ordenar el reloj biológico:

  • Mantener horarios relativamente constantes, incluso los fines de semana.
  • Favorecer la exposición a luz natural por la mañana.
  • Promover actividad física durante el día.
  • Evitar bebidas con cafeína por la tarde.
  • Apagar las pantallas entre 30 y 60 minutos antes de dormir.
  • Dejar teléfonos, tabletas y televisores fuera del dormitorio.

La melatonina puede ser útil en situaciones específicas, pero no sustituye una buena rutina de sueño. Su uso merece una evaluación individual y  debería utilizarse únicamente después de conversar con el pediatra.

Cuándo consultar

Conviene buscar orientación médica cuando aparecen ronquidos frecuentes, pausas respiratorias, somnolencia excesiva durante el día, despertares muy repetidos, insomnio persistente, cambios importantes del comportamiento o un deterioro claro del rendimiento escolar.

A veces el problema son los hábitos. En otros casos puede tratarse de apnea del sueño, ansiedad, alergias u otras enfermedades que requieren tratamiento.

Dormir es invertir en el cerebro

Vivimos en una época en la que parece que dormir es el tiempo que sobra después del trabajo, las tareas, las actividades y las pantallas. Pero el cerebro infantil no funciona así.

El sueño no es tiempo perdido. Es parte del tiempo que el cerebro necesita para crecer. Igual que protegemos la alimentación, la actividad física y las vacunas, también deberíamos proteger la hora de dormir.

Porque un niño que duerme bien no solo se despierta con más energía. También le está dando a su cerebro mejores condiciones para aprender, recordar, controlar sus emociones y desarrollarse a lo largo de toda la vida.

Cinco ideas clave

  • Dormir no significa que el cerebro se apague; durante el sueño continúa consolidando aprendizajes y regulando funciones esenciales.
  • Un niño cansado no siempre parece somnoliento; puede mostrarse hiperactivo, impulsivo o irritable.
  • La regularidad del horario de sueño es tan importante como el número de horas dormidas.
  • La adolescencia retrasa de forma natural el reloj biológico, lo que puede entrar en conflicto con los horarios escolares.
  • La mejor manera de proteger el sueño empieza con hábitos: horarios constantes, menos pantallas por la noche, actividad física durante el día y consulta cuando existen señales de alarma.

Foto: cottonbro studio