Una reciente clasificación del gobierno de EE.UU. coloca a periodistas, editores, escritores y otras profesiones entre las más expuestas a la IA. Sin embargo, el estudio no dice eso, pero sí plantea una pregunta que las facultades de Comunicación deberían comenzar a responder. Esta semana, Juan Carlos Luján nos comenta más sobre este tema.
Por Juan Carlos Luján, columnista.
Hace unas horas encontré en X una publicación que advertía sobre una supusta lista de trabajos “potencialmente amenazados por la IA”. Entre ellos aparecían periodistas, reporteros, editores, escritores, locutores y otras profesiones vinculadas con la comunicación.
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La publicación citaba como fuente al Bureau of Labor Statistics (BLS), la agencia del gobierno de Estados Unidos encargada de las estadísticas laborales. El problema está en la interpretación. El BLS publicó el 27 de agosto sus proyecciones de empleo para el periodo 2025-2035 y las acompañó de un nuevo indicador que clasifica 831 ocupaciones según su exposición relativa a la inteligencia artificial. Las dividió en cuatro categorías: baja, moderada, alta y muy alta.
¿Significa “muy alta” que esas profesiones tienen una alta posibilidad de desaparecer? No. El propio BLS advierte que su clasificación no debe interpretarse como una estimación de sustitución de trabajadores, una predicción de pérdida de empleos, una probabilidad de automatización o una proyección de productividad. Lo que mide es cuánto de las tareas que componen una determinada ocupación puede ser asistido o realizado mediante tecnologías de IA, comparándolo con otras ocupaciones. (Bureau of Labor Statistics)
Y ahí los periodistas sí tienen una exposición muy alta a la IA porque una parte considerable de las tareas que realiza diariamente ya puede automatizarse o simplificarse, pero eso no significa que el periodista vaya a desaparecer.
Solo pensemos en el trabajo de campo. Un dron puede registrar imágenes y un sistema automatizado puede procesar datos, pero cubrir un huaico, una protesta o una emergencia implica observar, preguntar, identificar fuentes, contrastar testimonios y entender lo que está ocurriendo en un contexto determinado.

Pensemos en nuestro trabajo
Ahora vayamos a lo nuestro. Durante años hemos dedicado tiempo a desgrabar entrevistas, resumir documentos, hacer reseñas, corregir textos, buscar antecedentes, preparar matrices, generar gráficos, subtitular videos, limpiar audios, adaptar contenidos para diferentes plataformas o realizar procesos relativamente complejos de edición audiovisual.
Muchas de esas operaciones que antes podían consumir horas hoy pueden hacerse en minutos con herramientas que incorporan inteligencia artificial.
En las redacciones ya está ocurriendo. El Reuters Institute señala en su informe de tendencias para 2026 que el 97% de los responsables de medios consultados considera importante la automatización de tareas de back-end. Allí aparecen precisamente la transcripción, la asistencia en edición y la generación de metadatos. También están creciendo los usos de IA para búsqueda de información, programación y desarrollo de productos. (reutersinstitute.politics.ox.ac.uk)
Pero alguien todavía tiene que ir al lugar de los hechos. ¿Quién entrevista a una fuente? ¿Quién observa aquello que no aparece frente a una cámara? ¿Quién identifica una contradicción, contrasta testimonios, decide qué información es relevante o hace una pregunta que nadie había previsto?
La IA puede ayudarnos a procesar información e incluso recoger determinados datos, pero no sustituye por sí sola el reporteo, la construcción de fuentes, la entrevista, la observación del contexto y las decisiones editoriales que convierten esos datos en información periodística.
La Organización Internacional del Trabajo llegó en 2025 a una conclusión parecida después de analizar cerca de 30.000 tareas: uno de cada cuatro trabajadores del mundo se encuentra en una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa, pero lo más probable es que la mayoría de estos empleos se transforme antes que desaparezca. Además, las nuevas capacidades de generación de voz, imagen y video han incrementado especialmente la exposición de profesiones relacionadas con medios y web. (International Labour Organization)
Entonces el problema no debería plantearse como “la IA va a reemplazar a los comunicadores”.
La pregunta debería ser otra: ¿qué tareas seguirán justificando nuestro valor profesional cuando muchas de las operaciones que aprendimos a ejecutar puedan automatizarse?
Transformación en las mallas curriculares
Y aquí las facultades y escuelas de Comunicación tienen un problema que ya no pueden postergar. No bastará con incorporar un curso de “Inteligencia Artificial” a una malla curricular y considerar resuelto el asunto. La transformación es transversal.
Periodismo tendrá que enseñar a investigar y verificar utilizando IA, pero también a desconfiar de sus resultados. Producción audiovisual tendrá que incorporar edición asistida, generación sintética, detección de manipulaciones y derechos de autor. Comunicación corporativa deberá trabajar análisis automatizado de audiencias, monitoreo, matrices automatizadas para eventos, personalización y gestión de crisis. Los cursos de investigación necesitarán incorporar análisis de grandes volúmenes de información. Y la ética tendrá que abordar sesgos, transparencia, atribución y responsabilidad humana.
También tendremos que preguntarnos cuánto sentido tiene dedicar una parte considerable de la formación a dominar operaciones técnicas que dentro de pocos años podrían estar casi completamente automatizadas.
El desafío, entonces, no es enseñar menos, sino dejar de concentrar tanto tiempo en tareas operativas y reforzar aquellas capacidades que realmente diferencian a un buen comunicador: investigar, hacer preguntas pertinentes, verificar, comprender a las audiencias, construir una estrategia y ejercer criterio editorial.
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Información errónea
Volvamos entonces a aquella publicación de X. ¿Estamos frente a desinformación? Conviene ser precisos. En este caso tenemos una fuente auténtica y datos verdaderos, pero una conclusión que no se desprende del estudio. Sin conocer la intención de quien publicó el mensaje, prefiero hablar de una interpretación errónea antes que de desinformación
Los datos del BLS son reales. Lo que el estudio no dice es que esas profesiones estén condenadas a desaparecer. Por eso vale la pena hacer algo muy sencillo, descargar el documento original, revisar su metodología y buscar nuestra propia profesión. Incluso podemos utilizar la IA para analizar sus datos, siempre contrastando sus respuestas con la fuente original.
Así descubriremos que la pregunta importante no es si la IA eliminará nuestro empleo, sino qué parte de nuestro trabajo dejará de tener valor y qué nuevas capacidades tendremos que desarrollar para seguir siendo relevantes.

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