Ante esta situación, los padres se preocupan por saber qué observar… pero también qué anotar, cómo aliviarlo y cuándo consultar al médico.
– “Me duele la cabeza”.
Es una frase que muchos padres escuchan alguna vez. A veces aparece después de un día largo de colegio, otras tras varias horas frente a una pantalla, durante una infección o simplemente al final de una tarde en la que el niño casi no tomó agua.
La primera reacción suele ser buscar un analgésico. La segunda, especialmente cuando el dolor se repite, puede ser mucho más inquietante: ¿y si tiene algo serio?
La mayoría de los dolores de cabeza en niños y adolescentes no se deben a enfermedades graves. Pero tampoco conviene ignorar un dolor que se repite. Antes de preocuparnos de más —o de administrar medicamentos una y otra vez— vale la pena hacer algo mucho más útil: entender el patrón del dolor.
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No todos los dolores son iguales
“Me duele la cabeza” proporciona muy poca información.
Cuando un niño empieza a tener dolores recurrentes, conviene hacer algunas preguntas sencillas: ¿Dónde le duele? ¿En la frente, detrás de los ojos, a ambos lados o solo de un lado? ¿Se siente como presión, pulsación o pinchazo? ¿Cuánto dura? ¿Minutos, horas o todo el día? ¿Con qué frecuencia aparece? ¿Una vez al mes, varias veces por semana o casi todos los días?
También importa cómo interfiere en la vida diaria. Más que pedirle siempre un número del 1 al 10, a veces resulta más útil preguntar: ¿puede seguir jugando o estudiando?, ¿necesita acostarse?, ¿faltó al colegio?, ¿dejó de hacer deporte?
Y hay una pregunta especialmente valiosa: ¿qué ocurre junto con el dolor?
Náuseas, vómitos, sensibilidad a la luz o al ruido, mareo, visión borrosa, fiebre, congestión nasal o síntomas neurológicos pueden cambiar mucho la interpretación.
Dos tipos frecuentes
La mayoría de los dolores de cabeza recurrentes en niños no son secundarios a una enfermedad grave del cerebro. Muchas veces se trata de cefaleas primarias, es decir, dolores que son el problema en sí mismo y no la señal de otra enfermedad.
Una de las más conocidas es la migraña.
En niños puede producir dolor pulsátil moderado o intenso, náuseas o vómitos y sensibilidad a la luz o al ruido. Algunos necesitan interrumpir lo que están haciendo y acostarse en una habitación tranquila y oscura. A diferencia de lo que ocurre en muchos adultos, en los niños el dolor puede sentirse en ambos lados de la cabeza. Algunos tienen además un aura: luces, líneas, manchas u otras alteraciones visuales antes o durante el episodio.
La otra forma frecuente es la cefalea tensional. Suele describirse como presión, peso o una banda apretada alrededor de la cabeza, generalmente sin las náuseas o la marcada sensibilidad a la luz y al ruido que pueden acompañar a una migraña. El cansancio, el estrés y las jornadas prolongadas pueden contribuir a que aparezca o empeore.
Distinguir entre estos patrones no siempre es fácil en casa. Pero empezar a observarlos ayuda mucho cuando llega el momento de consultar.
Un diario puede decirnos mucho
Cuando los dolores se repiten, una de las herramientas más útiles no es una resonancia magnética. Es algo mucho más sencillo: un diario de dolores de cabeza.
No tiene que ser complicado. En un cuaderno o en el teléfono basta con anotar:
- Fecha y hora.
- Dónde estaba localizado el dolor.
- Qué tan intenso fue.
- Cuánto duró.
- Qué estaba haciendo el niño cuando comenzó.
- Qué otros síntomas aparecieron.
- Cómo había dormido la noche anterior.
- Qué había comido y bebido.
- Cuánto tiempo llevaba frente a pantallas.
- Si hubo ejercicio, estrés o algún cambio importante ese día.
- Qué pareció empeorar o mejorar el dolor.
- Qué medicamento se utilizó y si funcionó.
- Si el dolor interrumpió el colegio, deporte u otras actividades.
En adolescentes también puede ser útil observar si existe relación con la menstruación.
Después de varias semanas, a veces aparece un patrón que era imposible reconocer recordando episodios aislados. Ese patrón puede orientar mucho más que una descripción vaga de “le duele seguido”.
A veces la explicación está en la rutina
Cuando un niño tiene dolores de cabeza frecuentes, vale la pena revisar primero algunos aspectos muy cotidianos: ¿Está durmiendo lo suficiente? ¿Desayuna? ¿Pasa muchas horas sin comer? ¿Toma suficiente agua? ¿Consume cafeína, refrescos o bebidas energizantes? ¿Pasa largos periodos frente a una pantalla sin pausas? ¿Necesita lentes o ha cambiado recientemente su visión? ¿Está sometido a estrés escolar, ansiedad o cambios emocionales? ¿Hace ejercicio?
Muchas cefaleas infantiles aparecen en ese cruce entre predisposición, hábitos, cansancio y exigencias del día. El poco sueño, saltarse comidas, una hidratación insuficiente, el estrés y las jornadas prolongadas pueden desencadenar o empeorar dolores de cabeza en niños susceptibles.
Los dolores también pueden aparecer durante infecciones, después de traumatismos, con determinados medicamentos o por el uso demasiado frecuente de analgésicos.
Esto último puede parecer contradictorio, pero es importante: un medicamento utilizado repetidamente para tratar el dolor de cabeza puede terminar contribuyendo a que los episodios sean más frecuentes.
Por eso, si un niño necesita analgésicos varias veces por semana, la solución no debería ser simplemente seguir repitiéndolos. Es momento de investigar por qué tiene tantos dolores.
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Qué hacer en casa
Si se trata de un dolor ocasional y el niño se encuentra bien por lo demás, puede ser razonable empezar por medidas simples:
- Ofrecer agua.
- Dar algo de comer si ha pasado muchas horas sin hacerlo.
- Favorecer el descanso.
- Reducir temporalmente la luz, el ruido y las pantallas.
- Permitir que duerma, especialmente si parece tratarse de una migraña.
Paracetamol o ibuprofeno pueden utilizarse en las dosis apropiadas para la edad y el peso cuando sea necesario. En el caso de la migraña, el tratamiento suele funcionar mejor cuando se administra al inicio del episodio y no después de varias horas de dolor.
Pero si los medicamentos empiezan a convertirse en parte habitual de la semana, necesitamos cambiar de estrategia.
El objetivo ya no debe ser solo apagar cada dolor cuando aparece, sino descubrir por qué sigue apareciendo.
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Cuándo pedir una cita
Un dolor ocasional que desaparece rápido en un niño que continúa completamente normal probablemente no requiere una investigación extensa.
Pero conviene consultar cuando los dolores:
- Aparecen repetidamente.
- Son cada vez más frecuentes o intensos.
- Empiezan a interferir con el colegio, el sueño, el deporte o las actividades habituales.
- Requieren medicamentos con frecuencia.
- Han cambiado claramente de características.
- Se acompañan repetidamente de vómitos o cambios visuales.
- Se acompañan de cambios inexplicables en el comportamiento, el rendimiento escolar o el funcionamiento habitual.
- O simplemente siguen un patrón que preocupa a la familia.
El pediatra puede revisar la historia, medir la presión arterial, evaluar la visión y realizar un examen neurológico, entre otras cosas. Y algo importante: tener dolores de cabeza recurrentes no significa automáticamente necesitar una tomografía o una resonancia.
Cuando la historia y el examen son tranquilizadores y el cuadro encaja con una cefalea primaria, como migraña o cefalea tensional, las imágenes cerebrales generalmente no son necesarias.
Cuándo debemos preocuparnos de inmediato
Hay algunas características que sí cambian la situación. Un dolor de cabeza súbito y extremadamente intenso, especialmente si es muy diferente de cualquier dolor previo, requiere valoración urgente.
También debemos buscar atención inmediata si el dolor se acompaña de:
- Confusión, pérdida de conciencia o dificultad para despertar al niño.
- Debilidad, entumecimiento o dificultad para hablar.
- Problemas nuevos para caminar o mantener el equilibrio.
- Fiebre acompañada de rigidez importante del cuello.
- Vómitos repetidos sin explicación clara.
- Alteraciones visuales o neurológicas importantes.
- Aparición después de un traumatismo significativo en la cabeza.
También merecen una evaluación médica los dolores que despiertan repetidamente al niño durante la noche, aparecen de manera persistente al despertar, empeoran progresivamente o se desencadenan repetidamente con tos, estornudos o esfuerzo.
Ninguna de estas características por sí sola significa que exista una enfermedad grave, pero sí justifica revisar el patrón con mayor atención. Y en los niños muy pequeños debemos ser particularmente cuidadosos. Ellos no siempre pueden describir bien lo que sienten ni explicar cómo está cambiando el dolor.
Antes de imaginar lo peor, busquemos el patrón
Un niño que dice “me duele la cabeza” no necesita automáticamente una resonancia magnética. Pero un niño que lo dice repetidamente tampoco debería recibir simplemente un analgésico cada vez.
Entre esos dos extremos existe una herramienta extraordinariamente útil: observar.
¿Cuándo aparece? ¿Dónde duele? ¿Cuánto dura? ¿Qué intensidad tiene? ¿Qué otros síntomas lo acompañan? ¿Qué lo mejora? ¿Qué lo empeora? ¿Cómo durmió, comió y se hidrató ese día?
A veces esas respuestas permiten identificar una migraña. Otras veces encontramos falta de sueño, deshidratación, estrés, cafeína, tensión muscular o hábitos que pueden corregirse.
Y, en ocasiones, aparece una señal que nos indica que sí debemos investigar más.
Cuando el dolor de cabeza se repite, no debemos limitarnos a contar cuántas pastillas necesita el niño. Debemos empezar a contar la historia que nos está contando el dolor.
Cinco ideas clave
Un dolor súbito e intensísimo o acompañado de alteraciones neurológicas, confusión, rigidez de cuello, problemas para caminar u otras señales de alarma requiere atención urgente.
La mayoría de los dolores de cabeza infantiles no se deben a enfermedades graves, pero los dolores recurrentes merecen ser observados y, muchas veces, evaluados.
Un diario puede aportar más información útil que la memoria: frecuencia, duración, localización, intensidad, síntomas asociados, posibles desencadenantes y respuesta al tratamiento.
Migraña y cefalea tensional son dos causas frecuentes de dolor de cabeza en niños y adolescentes.
Sueño insuficiente, poca hidratación, comidas irregulares, estrés, cafeína y uso frecuente de analgésicos pueden desencadenar o empeorar el problema.
FOTO PRINCIPAL: Yan Krukau
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