Esta semana, el pediatra e investigador Enrique Gómez comenta sobre lo que la ciencia ha descubierto sobre el uso innecesario de antibióticos y el ecosistema invisible que vive dentro de nosotros.

Por Enrique Gómez, MD, MSc.*

Si le preguntamos a cualquier persona para qué sirven los antibióticos, probablemente responderá lo mismo: para eliminar bacterias y curar infecciones. Y tendrá razón. Desde la introducción de la penicilina hace más de ocho décadas, los antibióticos han salvado millones de vidas y siguen siendo uno de los mayores avances de la medicina moderna. Gracias a ellos, hoy son posibles cirugías complejas, trasplantes, tratamientos contra el cáncer y cuidados intensivos que antes habrían sido impensables.

Sin embargo, durante mucho tiempo esa respuesta estuvo incompleta.

Mientras los antibióticos combatían la infección, también ocurría otra historia que solo en las últimas décadas hemos empezado a comprender con mayor claridad. Además de eliminar bacterias causantes de enfermedad, estos medicamentos también modifican el inmenso ecosistema de microorganismos que vive dentro de nosotros y participa activamente en nuestra salud.

Durante años, la conversación sobre antibióticos se centró casi exclusivamente en la resistencia bacteriana. Y con razón. El uso innecesario favorece la aparición de microorganismos cada vez más difíciles de tratar, una de las mayores amenazas para la salud pública mundial. Pero hoy sabemos que existe otra consecuencia que merece atención: cada vez que utilizamos un antibiótico también modificamos un ecosistema biológico que cumple funciones esenciales para el organismo.

Este hallazgo no significa que debamos temer a los antibióticos ni evitar su uso cuando están bien indicados. Significa que debemos entenderlos mejor. Porque un antibiótico nunca actúa únicamente sobre la infección. También actúa sobre nosotros.

El ecosistema que también recibe el tratamiento

Durante décadas imaginamos los antibióticos como medicamentos dirigidos exclusivamente contra una bacteria. En realidad, incluso el tratamiento mejor elegido afecta muchas otras especies que forman parte del ecosistema intestinal.

El intestino humano alberga decenas de billones de microorganismos, entre bacterias, virus, hongos y arqueas, pertenecientes a una enorme diversidad de especies. Lejos de ser simples acompañantes, estas comunidades ayudan a digerir fibras que nosotros no podemos procesar, contribuyen a la síntesis de algunas vitaminas, producen ácidos grasos de cadena corta que nutren el colon, fortalecen la barrera intestinal y participan activamente en el desarrollo del sistema inmunológico.

En los últimos años, algunos autores incluso han propuesto describir al microbioma como un “órgano funcional”, no porque tenga una estructura anatómica propia, sino por la amplitud de las tareas fisiológicas que desempeña.

Cuando administramos un antibiótico, no solo se reduce la bacteria que causa la infección. También disminuyen muchas bacterias beneficiosas y cambian las relaciones entre cientos de especies que normalmente conviven en equilibrio. En la mayoría de los adultos sanos, gran parte de esta comunidad logra recuperarse con el tiempo, aunque algunos cambios pueden persistir durante semanas o meses. En los primeros años de vida, cuando este ecosistema todavía está madurando, esa alteración podría tener consecuencias más profundas.

Mucho más que digestión

Durante muchos años se creyó que las bacterias intestinales solo ayudaban a digerir alimentos. Hoy sabemos que participan en procesos mucho más complejos. A través de los metabolitos que producen, el microbioma influye sobre la regulación de la energía, la sensibilidad a la insulina, el metabolismo de los ácidos biliares, la producción de ciertas vitaminas y la comunicación entre el intestino, el sistema inmunológico y el cerebro.

No es casualidad que una de las primeras preguntas surgiera fuera de la medicina humana. Desde hace décadas, pequeñas dosis de antibióticos se utilizan en la producción animal para acelerar el crecimiento del ganado. Ese fenómeno llevó a investigadores a preguntarse si alteraciones similares del microbioma podrían influir también sobre el metabolismo humano, especialmente durante los primeros años de vida.

Diversos estudios observacionales han encontrado que la exposición temprana y repetida a antibióticos se asocia con un aumento modesto del riesgo de sobrepeso u obesidad infantil. Un metaanálisis encontró un incremento relativo cercano al 20% en algunos análisis, sobre todo cuando la exposición ocurre en etapas tempranas y existen múltiples cursos de tratamiento. En una cohorte, cualquier uso en el primer año de vida se asoció con mayor probabilidad de obesidad entre los 15 y 60 meses, y tres o más cursos mostraron una asociación más fuerte junto con cambios medibles en la microbiota.

Esto no significa que un antibiótico cause obesidad por sí solo. La alimentación, la actividad física, la genética, el ambiente familiar y las propias infecciones también desempeñan un papel importante. Sin embargo, estos estudios refuerzan una idea fundamental: el microbioma forma parte del sistema que regula nuestro metabolismo, y alterarlo durante etapas críticas del desarrollo podría tener consecuencias que antes no imaginábamos.

Un maestro silencioso del sistema inmunológico

El sistema inmunológico no nace completamente programado. Durante los primeros años de vida aprende de manera continua a distinguir entre microorganismos peligrosos y estímulos que debe tolerar, como los alimentos, el polen o las bacterias beneficiosas que viven con nosotros.

Parte de ese aprendizaje ocurre gracias al contacto permanente con el microbioma intestinal. Por eso, diversos investigadores han explorado si las alteraciones repetidas del microbioma durante la infancia podrían influir sobre enfermedades mediadas por el sistema inmunológico.

Entre las asociaciones más consistentes estudiadas se encuentra la del asma. Diversos metaanálisis muestran que la exposición a antibióticos durante el primer año de vida se asocia con un mayor riesgo de diagnóstico posterior. También se han descrito asociaciones con algunas enfermedades alérgicas y con enfermedad inflamatoria intestinal, en particular con enfermedad de Crohn, aunque los mecanismos y la causalidad siguen en investigación.

No obstante, es importante interpretar estos resultados correctamente. La mayor parte de los estudios disponibles son observacionales. Algunos niños reciben antibióticos porque presentan infecciones respiratorias frecuentes o síntomas que posteriormente resultan corresponder a las primeras manifestaciones del asma. Eso dificulta establecer relaciones directas de causa y efecto.

La conclusión no es que “los antibióticos produzcan asma”. La conclusión es otra: modificar repetidamente un ecosistema que participa en la educación del sistema inmunológico podría alterar procesos biológicos que todavía estamos aprendiendo a comprender.

Un costo que va más allá de la resistencia

Durante décadas pensamos que el principal riesgo del uso excesivo de antibióticos era la aparición de bacterias resistentes. Ese problema continúa siendo enorme y probablemente seguirá creciendo durante las próximas décadas. Pero ahora sabemos que el costo biológico ocurre en dos niveles.

El primero ocurre fuera del paciente. Cada uso innecesario favorece la selección de bacterias resistentes, limita las opciones terapéuticas futuras y representa un problema para toda la comunidad.

El segundo ocurre dentro del paciente. Cada tratamiento modifica un ecosistema que participa en funciones metabólicas, inmunológicas y de protección frente a otros microorganismos.

Ese segundo costo no siempre produce una enfermedad identificable. En muchas personas el microbioma recupera buena parte de su composición con el tiempo. Sin embargo, incluso alteraciones transitorias pueden modificar procesos biológicos cuya importancia apenas estamos empezando a comprender.

Este cambio de perspectiva representa uno de los mayores avances conceptuales de la medicina de las últimas dos décadas. Durante mucho tiempo pensamos que el intestino era únicamente un órgano digestivo. Hoy entendemos que también alberga un ecosistema que participa activamente en la fisiología humana.

Una medicina más precisa

Los antibióticos siguen siendo medicamentos extraordinarios. Cuando una persona presenta una meningitis bacteriana, una sepsis, una neumonía bacteriana o una infección urinaria complicada, administrarlos rápidamente salva vidas. En esas circunstancias, el beneficio supera ampliamente cualquier costo biológico.

El problema nunca ha sido usar antibióticos cuando realmente se necesitan. El problema es utilizarlos cuando no aportan ningún beneficio. La medicina moderna ya no evalúa estos medicamentos únicamente preguntándose si eliminan la bacteria responsable de una infección. También debe preguntarse qué otras consecuencias biológicas producen mientras lo hacen.

Por eso, el uso racional significa indicar el antibiótico correcto, para la infección correcta, a la dosis correcta y durante el tiempo respaldado por la mejor evidencia disponible. Significa no utilizarlos para resfriados, gripe u otras infecciones virales, no prescribirlos “por si acaso” y evitar tratamientos innecesariamente prolongados.

Durante décadas pensamos que los antibióticos hacían una sola cosa: eliminar bacterias. Hoy sabemos que sus efectos van mucho más allá. Comprender esa nueva realidad no disminuye el extraordinario valor de estos medicamentos. La medicina moderna no necesita menos antibióticos. Necesita menos antibióticos innecesarios. Porque cada vez que prescribimos uno sin un beneficio claro, el costo biológico permanece, aunque la infección nunca haya necesitado tratamiento.

Cinco ideas clave

  • Los antibióticos siguen siendo uno de los mayores avances de la medicina moderna y son indispensables para tratar infecciones bacterianas potencialmente graves.
  • Además de actuar contra bacterias patógenas, también alteran el microbioma intestinal, una comunidad que participa en funciones metabólicas, inmunológicas y de protección.
  • La exposición innecesaria o repetida, especialmente en los primeros años de vida, se ha asociado con cambios en metabolismo e inmunidad, aunque la mayor parte de la evidencia disponible es observacional.
  • El costo biológico de un antibiótico ocurre tanto dentro del paciente, por la alteración del microbioma, como fuera de él, por la selección de resistencia antimicrobiana.
  • El objetivo no es evitar antibióticos cuando están indicados, sino usarlos solo cuando ofrecen un beneficio clínico claro.

Foto: Tamanna Rumee