Cuando pensamos en protegernos del sol, casi siempre pensamos en la piel: crema solar, sombra, evitar las horas de más calor. Sin embargo, hay un gran olvidado: los ojos. La exposición solar también les afecta, y lo hace de forma silenciosa, acumulando daño con los años hasta que aparecen problemas visuales.
Por Gladys Mora, oftalmóloga
La evidencia científica es clara: la radiación ultravioleta (UV) puede afectar tanto a las estructuras externas del ojo como a las más profundas, incluida la retina.
¿Qué tipos de rayos UV afectan al ojo?
El sol emite distintos tipos de radiación ultravioleta, pero los más relevantes son los UV-A y UV-B. Los UV-C no nos afectan porque quedan bloqueados por la atmósfera.
Los rayos UV-B impactan principalmente en la parte anterior del ojo, como la córnea. Por su parte, los UV-A penetran más profundamente y pueden alcanzar la retina, especialmente en personas jóvenes, cuyo cristalino es más transparente y deja pasar mayor cantidad de luz.

Efectos en la parte anterior del ojo
La superficie ocular es la primera barrera frente a la radiación solar, y también la más expuesta. Entre las principales afecciones destacan:
- Queratitis actínica (quemadura corneal): aparece tras exposiciones intensas, especialmente en entornos con alta reflexión como nieve, agua o arena. Provoca dolor, fotofobia y lagrimeo, aunque suele resolverse en pocos días.
- Pterigión: crecimiento de tejido fibrovascular sobre la conjuntiva que puede invadir la córnea. Es más frecuente en personas expuestas crónicamente al sol, como trabajadores al aire libre.
- Neoplasias de superficie ocular: aunque poco frecuentes, la radiación UV es un factor de riesgo conocido.
- Cataratas: existe una sólida asociación entre la exposición solar acumulada y la opacificación del cristalino. Se estima que una proporción significativa de los casos podría prevenirse con protección adecuada.
La retina, una víctima silenciosa
A diferencia de las lesiones en la superficie ocular, el daño retinal suele ser progresivo y asintomático en fases iniciales.
Los rayos UV-A que alcanzan la retina generan estrés oxidativo y daño celular acumulativo. Este proceso se ha relacionado con el desarrollo de la degeneración macular asociada a la edad (DMAE), una de las principales causas de pérdida visual en mayores de 60 años.
Existe también una forma aguda de daño: la retinopatía solar. Se produce al mirar directamente al sol, por ejemplo, durante un eclipse sin protección adecuada. En este caso, la lesión se debe principalmente a la intensidad de la luz focalizada sobre la mácula, pudiendo dejar secuelas visuales permanentes.
Un aspecto relevante es el papel del cristalino como filtro natural de radiación UV. Tras una cirugía de cataratas, si la lente intraocular no incorpora filtro UV, la retina queda más expuesta. Por ello, en la práctica actual, la mayoría de lentes implantados incluyen este tipo de protección.
“Cuidar los ojos del sol no es una medida puntual ni estacional”
Cómo proteger los ojos del sol
La prevención es sencilla y altamente efectiva si se mantiene en el tiempo:
- Utilizar gafas de sol con protección 100% frente a radiación UV-A y UV-B. El color u oscuridad de la lente no garantiza esta protección.
- Elegir monturas que cubran bien el contorno ocular para evitar la entrada de radiación lateral.
- Complementar con gorra o sombrero de ala ancha.
- Evitar la exposición solar intensa entre las 10:00 y las 16:00.
- Extremar las medidas en entornos de alta radiación como playa, montaña o nieve.
En los niños, la protección es aún más importante, ya que su cristalino permite el paso de una mayor cantidad de radiación hacia la retina.
Además, las revisiones oftalmológicas periódicas permiten detectar de forma precoz posibles daños antes de que afecten significativamente a la visión. Cuidar los ojos del sol no es una medida puntual ni estacional: es un hábito de salud a largo plazo que puede marcar una diferencia real en la calidad visual con el paso de los años.

Foto: Zeynep YILMAZ





