Configurar las instrucciones, la privacidad y el pago en la IA define la diferencia entre obtener respuestas genéricas o potenciar tu capacidad profesional.

Por Juan Carlos Luján, columnista.

Hace unas semanas, en un taller con funcionarios de una entidad pública, le pregunté al grupo cuántos habían usado ChatGPT, Gemini o Claude en el último mes. Casi todas las manos se levantaron. Luego pregunté cuántos habían configurado su perfil, ajustado sus instrucciones personalizadas o definido cómo querían que el sistema les respondiera. En la pantalla de Zoom, las manos bajaron casi todas. Quedaron dos. De treinta y pico.

Esto es algo muy común. Usamos ChatGPT, Gemini, Grok o Claude como si fuera una aplicación de preguntas y respuestas. Se crea la cuenta y se empieza a escribir. Pocos saben que hay acciones adicionales y necesarias en las pestañas Ajustes o Configuración. Y eso marca una diferencia enorme entre obtener respuestas genéricas y obtener respuestas útiles y algo más precisas. Menciono algo más, el comportamiento del chatbot lo defines tú en la configuración, y si quieres que siempre cite fuentes o no alucine, pues es ahí cuando debes insertar esa instrucción.

Lo que casi nadie toca

Los chatbots más comerciales ofrecen un conjunto de configuraciones que la mayoría desconoce o ignora. La más importante es la de instrucciones personalizadas, accesible desde el menú de perfil. Ahí el sistema espera que le digas que quieres que sepa de ti, y cómo quieres que te responda. Si dejas eso en blanco, el modelo opera en modo neutro, es decir, para nadie en particular. Si lo completas bien, opera para ti.

El segundo ajuste que pocos conocen es el del estilo de respuesta. Grok, ChatGPT, Gemini y Claude permiten definir el tono con el que se comunica. Desde directo y técnico hasta más conversacional o incluso cínico. No es un detalle cosmético. Es una acción clave para obtener textos más cercanos a tus intereses al procesar información.

Hay otro flanco que casi nunca se discute en los talleres: la privacidad. Por defecto, los modelos de lenguaje pueden usar tus conversaciones para mejorar sus modelos. Eso significa que lo que escribes -consultas, borradores, estrategias, datos de tu organización- puede formar parte del entrenamiento futuro del sistema. Esto se puede desactivar. Está en Configuración, dentro de Control de datos. Pero hay que ir a buscarlo.

Para entornos institucionales o profesionales donde se maneja información sensible, este punto no es opcional. Es una decisión de gestión de riesgos que debería tomarse antes de usar la herramienta, no después de haber compartido medio plan estratégico en el chat.

ChatGPT, por ejemplo, ofrece opciones de control parental y de seguridad para quienes gestionan el acceso de estudiantes o hijos. Estas configuraciones permiten restringir ciertos tipos de contenido y establecer supervisión sobre el uso. Son herramientas útiles, pero igual de invisibles que las anteriores si nadie las muestra.

El precio de la diferencia

Hay una conversación que se repite en casi todos mis talleres y que conviene tener en voz alta. La versión gratuita de ChatGPT y la de pago no son la misma herramienta. La versión Plus, a veinte dólares mensuales ($23.60 con la aplicación del IGV durante el gobierno de Dina Boluarte), da acceso a modelos más precisos, con mayor capacidad para resolver tareas complejas, analizar documentos extensos y mantener coherencia en conversaciones largas. La diferencia no es marginal. En tareas profesionales, es sustantiva.

Cuando lo menciono en los talleres, suelo decir —medio en broma, medio en serio— que ese pago (unos 78 soles) equivale aproximadamente a pollo a la brasa familiar en Lima.  Algunos ríen. Pero varios se quedan pensando. Y en más de una ocasión, al terminar el curso, algún participante me ha dicho que va a considerarlo en su presupuesto del mes siguiente. Eso, para mí, vale más que cualquier evaluación formal porque revela interés en darle un uso diferente a la herramienta.

Porque ahí está la brecha real. No es solo entre quienes usan IA y quienes no. Es entre quienes acceden a la versión completa y quienes trabajan con la versión recortada, obteniendo resultados distintos para los mismos esfuerzos. En un contexto donde la productividad profesional depende cada vez más de estas herramientas, esa diferencia de veinte dólares se convierte, con el tiempo, en una diferencia de capacidades. Y eso tiene nombre: brecha digital. Solo que ahora no separa a los conectados de los desconectados, sino a los que pueden pagar de los que no.

La conclusión no es técnica. Es comunicacional. Entrar a ChatGPT, Grok, Claude o Gemini sin configurarlo es como contratar a un asistente y no decirle para qué trabajas, qué tono usar ni qué información puede compartir con terceros. El resultado será correcto en apariencia pero desconectado de tu realidad. La IA no adivina. Responde según lo que sabe de ti. Y si no le has dicho nada, no sabe nada.