Antes de que una tecnología pueda llegar al mercado, debe superar primero un “valle institucional”: la falta de capacidades internas —recursos, procedimientos e incentivos— para transferir el conocimiento que se genera en el laboratorio.

Por Yahir Delzo, CEO de Nodriza Perú

El concepto ayuda a entender por qué muchos buenos resultados de investigación no terminan convirtiéndose en productos, servicios o nuevas tecnologías; pudiendo faltar recursos para continuar desarrollándose, pruebas que demuestren su funcionamiento en condiciones reales, empresas dispuestas a adoptarlos, capacidades comerciales o mecanismos que permitan llevarlos a una mayor escala.

Sin embargo, desde mi experiencia acompañando procesos de innovación y transferencia tecnológica, considero que existe un problema anterior al conocido “valle de la muerte” y del cual hablamos poco o casi nada.

Antes de intentar cruzar el espacio entre la universidad y el mercado, muchas tecnologías tienen que atravesar primero un “valle institucional”…Y algunas nunca logran salir de él.

Para ello, desde mi experiencia, considero tomar en cuenta algunos puntos importantes, o clave:

¿Qué es el valle institucional?

Pensemos en una situación bastante sencilla: Un grupo de investigadores desarrolla una solución interesante como resultado de varios años de trabajo, puede tratarse de un nuevo material, un bioinsumo, un dispositivo médico, un software, un proceso productivo o cualquier otra tecnología… El resultado funciona muy bien en el laboratorio; pero ¿qué ocurre después?

Aquí comienzan preguntas que no necesariamente son científicas:

  • ¿Alguien dentro de la institución identifica que ese resultado tiene potencial de aplicación?
  • ¿Se conoce qué problema podría resolver y quién estaría interesado en utilizarlo?
  • ¿Debe protegerse mediante una patente u otro mecanismo de propiedad intelectual?
  • ¿Existen recursos para desarrollar un prototipo o realizar pruebas adicionales?
  • ¿Quién puede ayudar al investigador a conversar con potenciales usuarios o empresas?
  • ¿La universidad o institución tiene procedimientos para negociar si aparece una empresa interesada?

La dificultad para responder estas preguntas conforma lo que podemos llamar el valle institucional.
No se trata necesariamente de ausencia de investigación o de buenos investigadores, si no que el problema aparece cuando la institución genera conocimiento, pero todavía no cuenta con todas las capacidades necesarias para acompañarlo hacia su utilización.

Investigar bien no significa necesariamente transferir bien

Esta diferencia es importante, ya que una universidad puede tener excelentes investigadores, laboratorios especializados, publicaciones científicas de alto impacto e incluso patentes y, al mismo tiempo, presentar dificultades para transferir sus resultados hacia empresas, organizaciones públicas o la sociedad.

Esto ocurre porque investigar y transferir conocimiento requieren capacidades relacionadas, pero diferentes.
Para producir investigación se necesitan investigadores, infraestructura, financiamiento, metodologías y condiciones adecuadas para generar conocimiento.

Para transferirlo se necesitan además otras capacidades, como identificar resultados con potencial, gestionar propiedad intelectual, conocer el mercado, desarrollar tecnologías, valorarlas, establecer relaciones con empresas, negociar acuerdos y comprender las necesidades de potenciales usuarios.

Y es ahí donde siempre nos preguntamos (sobre todo los que estamos más del lado académico): ¿Por qué las empresas no se acercan más a las universidades? Y casi nunca nos preguntamos: ¿Qué ocurre dentro de nuestras universidades antes de intentar acercarnos a las empresas?

Una tecnología puede quedarse detenida mucho antes de llegar al mercado

El recorrido de una tecnología no es automático, ya que podemos tener un resultado de investigación interesante, pero nadie identifica oportunamente su potencial, y aparecen algunas situaciones:

  • Puede identificarse, pero no existe financiamiento para continuar con su desarrollo.
  • Puede desarrollarse un prototipo, pero sin conversar todavía con potenciales usuarios.
  • Podemos incluso llegar a obtener una patente, pero no contar con una estrategia para encontrar quién podría utilizarla.
  • Puede aparecer una empresa interesada y encontrarse con procedimientos administrativos demasiado largos para llegar a un acuerdo con la universidad.

Cada una de estas situaciones representa una barrera.

Y lo interesante es que ninguna ocurre todavía en el mercado, si no que ocurre dentro de la propia institución. Por eso, antes del conocido valle que separa a la investigación del mercado, existe un conjunto de barreras institucionales que también debemos aprender a identificar y gestionar.

No todo comienza con una patente

Este punto también ayuda a entender por qué contar patentes no necesariamente significa tener mayores capacidades de transferencia tecnológica, ya que la propiedad intelectual debe ser entendida como una herramienta dentro de una estrategia más amplia (Más allá de la propiedad intelectual: convertir el conocimiento universitario en innovación usable).

Una institución podría incrementar considerablemente su número de solicitudes de patente sin que ello implique necesariamente que dichas invenciones o tecnologías estén más cerca de ser utilizadas.

La pregunta relevante debería ser qué ocurre después: si la tecnología sigue madurando, si se realizaron pruebas con usuarios, si existe una empresa interesada, si se identificaron aplicaciones o usos diferentes, la existencia de una estrategia de transferencia, o en el mejor de los casos, si se está evaluando una licencia, un desarrollo conjunto, una spin-off u otra alternativa.

La patente puede proteger una oportunidad, pero no reemplaza el trabajo necesario para convertir esa oportunidad en innovación.

La Oficina de Transferencia Tecnológica no puede hacerlo todo

En los últimos años, diferentes universidades e instituciones de investigación han creado o fortalecido Oficinas de Transferencia Tecnológica (OTT). Lo que desde mi punto de vista es un avance importante, pero existe también el riesgo de depositar sobre ellas prácticamente toda la responsabilidad de transferir conocimiento.

Una OTT puede acompañar investigadores, identificar tecnologías, gestionar propiedad intelectual, construir portafolios, realizar vigilancia tecnológica, buscar empresas y apoyar negociaciones, pero difícilmente podrá hacerlo de manera sostenible si trabaja dentro de una institución donde los demás componentes no acompañan el proceso.

Por ejemplo, una oficina puede identificar una tecnología prometedora, pero necesitará recursos para madurarla; puede encontrar una empresa interesada, pero necesitará procedimientos institucionales que permitan negociar con razonable agilidad; puede promover una spin-off, pero necesitará reglas que establezcan cómo puede participar la universidad, cómo se licencia la tecnología o qué ocurre con la participación de los investigadores, podría incluso promover la transferencia, pero necesitará también que los investigadores encuentren incentivos para participar en ella, entre otras tantas cuestiones.

Por eso, la capacidad de transferencia tecnológica no reside solamente en una oficina, es una capacidad institucional.

Los incentivos también importan

Este es probablemente uno de los puntos menos visibles, y es que la personas responden, en alguna medida, a aquello que las instituciones reconocen y valoran (tanto académico como empresarial). Si un investigador obtiene reconocimiento académico principalmente por publicar artículos científicos, resulta lógico que concentre buena parte de sus esfuerzos en publicar.

Si además obtiene reconocimiento por patentar, probablemente aumentará su interés por proteger sus resultados; pero ¿qué ocurre con el investigador que dedicó meses a trabajar con una empresa para validar una tecnología? ¿O con quien participa en el desarrollo de un paquete tecnológico, una licencia, un contrato de transferencia o una spin-off?

Si estas actividades no son reconocidas dentro de la carrera académica, estamos enviando una señal contradictoria: pedimos transferencia tecnológica, pero nuestros incentivos continúan concentrándose principalmente en producir conocimiento y protegerlo.

Los incentivos, además, no tienen que ser exclusivamente económicos, pueden expresarse en reconocimiento institucional, tiempo asignado, acceso a recursos para continuar desarrollando una tecnología, participación en los beneficios derivados de la transferencia, oportunidades de formación o valoración dentro de los sistemas de promoción académica. Considero que el reto está en alinear lo que esperamos de nuestros investigadores con aquello que realmente reconocemos.

También necesitamos recursos para lo que ocurre después de investigar

Otro problema aparece en el financiamiento y siempre será la principal limitante. Durante las últimas décadas hemos aprendido a financiar investigación mediante fondos concursables, lo que ha permitido desarrollar proyectos, formar investigadores, adquirir equipamiento y generar nuevos conocimientos.

Pero una tecnología no termina necesariamente cuando termina el proyecto que la originó, muchas veces allí comienza otra etapa, pues se necesita construir un prototipo más avanzado, validar resultados en condiciones reales, realizar pruebas regulatorias, analizar costos, estudiar mercados, desarrollar un paquete tecnológico o demostrar a una empresa que la solución realmente funciona…Y todo esto, son actividades que requieren recursos.

Por eso, un sistema de innovación no debería preguntarse únicamente cuánto estamos financiando para investigar, sino también cuánto estamos destinando para que los resultados prometedores puedan continuar avanzando después de la investigación. Aquí, una mención a los fondos de ProCiencia y ProInnóvate, que han diseñado instrumentos financieros para algunos elementos de transferencia tecnológica; con algunas lecciones aprendidas que podría ser materia de otra discusión; ya que entre financiar un proyecto científico y financiar una tecnología lista para ingresar al mercado existe un espacio que necesita instrumentos específicos.

Mirar hacia adentro para poder transferir hacia afuera

Durante años hemos hablado de construir puentes entre universidad y empresa (y debemos continuar haciéndolo para mejores decisiones), pero necesitamos más espacios de colaboración, investigación conjunta, innovación abierta, desafíos empresariales, laboratorios compartidos y muchos más proyectos universidad-empresa.

Pero un puente difícilmente funcionará si uno de sus extremos todavía no está preparado, y por eso considero que fortalecer la transferencia tecnológica requiere mirar simultáneamente hacia afuera y hacia adentro. Hacia afuera, para entender problemas, necesidades, mercados, empresas y usuarios; y hacia adentro, para revisar nuestros procesos, incentivos, capacidades, financiamiento, reglas y formas de tomar decisiones.

Quizá el desafío de nuestras universidades y centros de investigación no sea solamente generar más investigaciones, registrar más patentes o crear más oficinas de transferencia tecnológica. Quizá el desafío sea construir instituciones capaces de acompañar al conocimiento durante todo su recorrido, desde que aparece como resultado de investigación hasta que encuentra una posibilidad real de utilización.

Porque, finalmente, una investigación puede ser científicamente excelente, una patente puede estar correctamente registrada y una tecnología puede funcionar perfectamente en un laboratorio; pero la innovación ocurre cuando ese conocimiento sale de donde fue generado, encuentra a quien lo necesita y comienza a producir valor.

Y antes de preguntarnos por qué una tecnología no consiguió cruzar el valle de la muerte, quizá deberíamos hacernos una pregunta anterior: ¿nuestra propia institución estaba preparada para ayudarla a llegar hasta allí?

Foto: Tima Miroshnichenko