Entre prohibir todos los dulces y acostumbrar a los niños a que todo sepa dulce, existe un equilibrio. El pediatra e investigador Enrique Gómez nos cuenta más sobre este interesante tema.
Es el cumpleaños de un niño. Hay torta, helado, gaseosa y varios niños corriendo por toda la casa. Al final de la tarde alguien comenta lo que parece evidente: “Comieron demasiada azúcar. Por eso están así”. La explicación parece lógica. Sin embargo, cuando esta idea se ha estudiado de manera controlada, la evidencia no demuestra de forma consistente que consumir azúcar vuelva hiperactivos a los niños.
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Entonces, ¿significa eso que podemos dejar de preocuparnos por el azúcar? Tampoco. El verdadero problema probablemente no está en el pedazo de torta de un cumpleaños. Está en cuánto hemos acostumbrado a los niños a que todo tenga que saber dulce.
¿El azúcar realmente causa hiperactividad?
Esta es una de las creencias más persistentes sobre alimentación infantil. Durante décadas se ha investigado si el azúcar produce cambios importantes en la conducta, la atención o la actividad de los niños. Sin embargo, en estudios controlados, el efecto que muchos padres esperan observar no aparece de manera consistente.
Incluso existe otro fenómeno interesante: nuestras expectativas pueden influir en cómo interpretamos el comportamiento de los niños. Después de una fiesta, por ejemplo, hay muchos otros factores que pueden explicar que estén particularmente activos: otros niños, juegos, música, regalos, horarios diferentes y excitación. Eso no convierte al azúcar en saludable. Simplemente significa que a veces le estamos atribuyendo el problema equivocado.
Las consecuencias más importantes del exceso de azúcar no suelen aparecer como una explosión de energía inmediata, sino como un hábito cotidiano que favorece caries, exceso de calorías, aumento de peso y desplazamiento de alimentos con mayor valor nutricional.
Cambiar azúcar por stevia, sucralosa u otros edulcorantes puede disminuir el azúcar y las calorías de ese producto, pero no necesariamente mejora la alimentación en su conjunto ni cambia el hábito de esperar que todo sea intensamente dulce.
No todo lo dulce es igual
Una manzana contiene azúcar. También una gaseosa. Pero nutricionalmente no son equivalentes.
La fruta entera contiene azúcares naturalmente presentes dentro de una estructura que también aporta agua, fibra, vitaminas y numerosos compuestos vegetales. Además, hay que masticarla y normalmente produce mayor saciedad. Una bebida azucarada, en cambio, permite consumir grandes cantidades de azúcar rápidamente y aporta poco valor nutricional. Algo parecido ocurre con muchos postres, cereales azucarados, yogures saborizados, leches chocolatadas y snacks infantiles: el dulzor llega con facilidad, pero sin la misma calidad nutricional.
La leche también contiene de forma natural lactosa. Eso es muy diferente de comprar una leche a la que se le ha agregado azúcar para hacerla más dulce.
Por eso, cuando hablamos de disminuir el azúcar en los niños, no estamos hablando de eliminar la fruta ni la leche natural. Estamos hablando principalmente de reducir los azúcares añadidos, es decir, los que agregamos en casa o los que la industria incorpora a alimentos y bebidas.
El problema empieza cuando todo sabe dulce
Pensemos en un desayuno infantil frecuente: leche chocolatada, cereal azucarado, yogur de sabores, una barra de cereal y quizá un jugo. Ninguno de esos productos parece extraordinariamente dulce cuando se consume a diario, precisamente porque nos hemos acostumbrado a ellos. Pero un niño puede comenzar el día recibiendo azúcar añadido en prácticamente cada alimento.
Y ahí aparece un problema menos evidente.
Los seres humanos nacemos con cierta preferencia por el sabor dulce, pero la intensidad de dulzor que esperamos encontrar en nuestros alimentos también se aprende. Si repetidamente ofrecemos bebidas, cereales y yogures muy dulces, estamos enseñando al paladar a esperar ese nivel de dulzor como normal.
Después, la leche natural parece insípida. El yogur natural parece demasiado ácido. El agua parece aburrida.
Ese aprendizaje importa. Cuanto más dulce esperamos que sea la alimentación cotidiana, más difícil resulta disfrutar alimentos menos dulces.
El agua no necesita azúcar. La leche tampoco. La fruta puede comerse tal como viene. El desayuno no necesita parecer un postre todos los días.
¿Puede el cerebro hacerse “adicto” al azúcar?
Los alimentos dulces activan circuitos cerebrales relacionados con recompensa y motivación. Eso ayuda a explicar por qué nos gustan y por qué algunos productos pueden resultar especialmente difíciles de moderar.
Pero conviene usar la palabra “adicción” con cuidado.
La evidencia en humanos no permite afirmar simplemente que un niño que disfruta mucho los dulces sea adicto al azúcar en el mismo sentido en que una persona puede desarrollar dependencia a nicotina u otras sustancias.
No hace falta utilizar esa palabra para reconocer un problema real. En la vida cotidiana, muchas veces estamos hablando de hábito, exposición repetida, alta disponibilidad y aprendizaje.
Y precisamente porque se aprende, también puede modificarse.
Las bebidas merecen atención especial
Si hubiera que elegir un lugar donde empezar a reducir el azúcar, probablemente sería este: las bebidas azucaradas. Gaseosas, jugos, tés embotellados, bebidas deportivas, leches saborizadas y algunas bebidas “para niños” pueden aportar bastante azúcar sin producir la misma saciedad que un alimento sólido. Se consumen rápidamente y muchas veces pasan desapercibidas dentro de la rutina.
Por eso, el exceso de azúcar no siempre llega en caramelos o postres. Muchas veces llega en productos percibidos como normales o incluso saludables.
Aquí también conviene aclarar algo importante: jugo no es lo mismo que fruta entera.
Incluso cuando se trata de jugo 100%, no reemplaza a la fruta entera. Gran parte de la fibra se pierde, se consume mucho más rápidamente y resulta fácil beber el equivalente a varias porciones de fruta en pocos minutos.
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¿Cómo reducir el azúcar sin convertirlo en una guerra?
Aquí aparece el otro extremo. Una familia puede pasar de ofrecer alimentos dulces constantemente a declarar que el azúcar queda completamente prohibido. Tampoco necesitamos llegar allí.
Una torta en un cumpleaños, un helado durante una salida familiar o un postre ocasional pueden formar parte de una alimentación saludable.
El objetivo no debería ser que un niño llegue a los 18 años sin haber probado azúcar. El objetivo es que lo excepcional siga siendo excepcional.
En casa podemos empezar por algo mucho más sencillo: no agregar azúcar donde no hace falta. Agua como bebida habitual. Leche sin azúcar añadida. Cereales con poco o ningún azúcar añadido. Yogur natural acompañado de fruta. Fruta entera cuando queremos algo dulce.
Cuando un niño ya está muy acostumbrado a productos azucarados, el cambio puede hacerse gradualmente. Podemos mezclar un cereal azucarado con uno menos dulce, reducir poco a poco el azúcar añadido a una bebida o combinar yogur endulzado con yogur natural hasta que el paladar se adapte.
No estamos intentando eliminar el gusto por lo dulce. Estamos intentando bajar el volumen.
¿Y los edulcorantes? ¿La stevia es mejor?
A primera vista parece una solución perfecta: quitar el azúcar y conservar el sabor dulce.
Pero aquí también conviene pensar un poco más. Cambiar azúcar por stevia, sucralosa u otros edulcorantes puede disminuir el azúcar y las calorías de ese producto, pero no necesariamente mejora la alimentación en su conjunto ni cambia el hábito de esperar que todo sea intensamente dulce.
Ese punto importa especialmente durante la infancia. La meta no debería ser solamente reemplazar un ingrediente, sino ayudar a que el paladar se acostumbre progresivamente a menos dulzor.
Esto no significa que una pequeña cantidad de stevia sea peligrosa ni que debamos alarmarnos por una exposición ocasional.
Significa algo más útil: la mejor alternativa a una alimentación demasiado dulce no siempre es una alimentación igual de dulce, pero sin azúcar.
A veces la mejor estrategia es aprender progresivamente a necesitar menos dulzor.
Entonces, ¿cuánta azúcar?
En menores de 2 años, las recomendaciones actuales aconsejan evitar los azúcares añadidos.
Después de esa edad deben seguir siendo una parte limitada de la alimentación. Como referencia, la Academia Americana de Pediatría recomienda menos de 25 gramos —aproximadamente seis cucharaditas— de azúcar añadido al día.
Pero eso no significa que debamos intentar “utilizar” diariamente esas seis cucharaditas. Más que obsesionarnos con cada gramo, conviene pensar en el patrón general de la alimentación. El agua no necesita azúcar. La leche tampoco. La fruta puede comerse tal como viene. El desayuno no necesita parecer un postre todos los días.
En ese contexto, sí puede existir espacio para un pedazo de torta, un helado o un postre ocasional. El problema aparece cuando lo dulce deja de ser una excepción y se convierte en la base de la rutina.
Ni miedo ni exceso
El azúcar no necesita convertirse en el gran enemigo de la infancia. Pero tampoco necesita acompañarla desde el desayuno hasta la cena.
Podemos permitir que los niños disfruten un postre ocasional sin culpa y, al mismo tiempo, construir una alimentación cotidiana donde el agua sepa a agua, la leche a leche y la fruta aporte buena parte del sabor dulce. Quizás esa sea la diferencia más importante.
No se trata de criar niños que nunca coman azúcar. Se trata de criar niños que no necesiten que todo sea dulce.
Cinco ideas clave
- La evidencia no demuestra de manera consistente que el azúcar, por sí solo, vuelva hiperactivos a los niños.
- El azúcar naturalmente presente en la fruta entera o la leche no debe confundirse con el azúcar añadido a alimentos y bebidas.
- El problema principal suele estar en el consumo habitual de productos dulces, especialmente bebidas azucaradas, y no en un postre ocasional.
- Sustituir sistemáticamente el azúcar por stevia u otros edulcorantes no necesariamente mejora el hábito si el niño sigue esperando que todo sepa muy dulce.
- El objetivo no es eliminar por completo los dulces, sino evitar que el sabor dulce se convierta en la norma cotidiana.

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