Un alarmante estudio revela que una de cada tres bacterias en las UCI de América Latina ya resiste a los carbapenémicos, la última línea de defensa médica.

Por Jesús D. Rojas, docente investigador de la Universidad Privada Norbert Wiener.

Imagine a alguien internado en una unidad de cuidados intensivos (UCI). Está grave, contrae una infección y el médico indica el antibiótico más potente que tiene a mano, uno reservado para los casos más difíciles: un carbapenémico. Días después, el cultivo regresa con una noticia que hace unos años parecía improbable: la bacteria resiste ese fármaco. Ya casi no queda nada en el arsenal. Esa escena, que suena a ficción, es cada vez más frecuente en los hospitales de nuestra región.

La resistencia a los antibióticos ocurre cuando las bacterias dejan de responder a los medicamentos diseñados para eliminarlas. Los carbapenémicos son, en muchos casos, la última línea de defensa frente a las bacterias gramnegativas, un grupo de microorganismos que incluye a algunos de los gérmenes más peligrosos del hospital. Cuando una de ellas vence a los carbapenémicos, el médico se queda con opciones escasas, más tóxicas y, a menudo, menos eficaces. El problema no es menor: en 2019, la resistencia bacteriana se asoció a 4,95 millones de muertes en el mundo y causó directamente 1,27 millones [1], más que la malaria y el sida juntos.

Junto a mi equipo revisamos toda la evidencia disponible sobre este problema en las UCI de América Latina y el Caribe, publicada entre 2015 y 2025. Reunimos 25 estudios de ocho países y combinamos sus datos de manera sistemática [2]. El resultado es contundente: cerca de 1 de cada 3 bacterias gramnegativas aisladas en nuestras UCI ya resiste a los carbapenémicos. La cifra varía mucho según el hospital, el país y el año, esa variabilidad es real y la documentamos, pero el patrón general no deja dudas: la región figura entre las más golpeadas del planeta. La Organización Mundial de la Salud ya había colocado a estas bacterias entre las de prioridad crítica para el desarrollo de nuevos antibióticos [2]. Para dimensionarlo, en Europa occidental esa resistencia ronda el 2% y en Australia es menor al 0,5%.

“Hacen falta redes de vigilancia regionales que hablen el mismo idioma”.

No todas las bacterias resisten por igual. El caso más inquietante es el de ‘Acinetobacter baumannii‘, una bacteria que sobrevive semanas sobre superficies secas, barandas de cama, equipos, ropa del personal, y que se propaga con facilidad en la UCI. En nuestra revisión, más del 70% de estos aislamientos resistió a los carbapenémicos. Conviene leer esa cifra con cautela, porque probablemente esté algo sobreestimada por la forma en que se publican estos estudios; aun así, describe un escenario en el que ese antibiótico prácticamente deja de ser una opción, por ejemplo, frente a una neumonía asociada al respirador. Detrás del Acinetobacter aparecieron ‘Klebsiella pneumoniae‘ (alrededor del 37 %) y ‘Pseudomonas aeruginosa‘ (cerca del 30 %). Esa jerarquía importa, porque orienta qué tratamiento conviene elegir mientras llega el resultado del laboratorio.

¿Por qué debería importarnos a todos? Porque cualquiera puede terminar en una UCI tras un accidente, una cirugía mayor o una infección grave. Y allí, donde los pacientes son más vulnerables, estas infecciones se vuelven letales: la mortalidad reportada en la región va del 27% al 64% [2]. Cuando los carbapenémicos fallan, los médicos recurren a fármacos antiguos y dañinos para el riñón, como las polimixinas. Existen alternativas nuevas y más seguras, pero llegan tarde y son caras a nuestros países, cuando llegan.

La pandemia de COVID-19 empeoró el cuadro. El uso masivo de antibióticos en pacientes hospitalizados, sumado a la presión sobre los equipos de control de infecciones, favoreció la aparición de bacterias resistentes. Nuestros datos sugieren que la resistencia subió durante esos años; la evidencia de ese período es todavía limitada, pero coincide con lo observado en el resto del mundo.

Hay un problema de fondo que esta columna no puede esquivar: no se puede combatir lo que no se mide. La vigilancia de la resistencia en América Latina y el Caribe es fragmentada y desigual; muchos hospitales no reportan y los criterios de laboratorio difieren entre países. Por eso, una de las conclusiones más importantes de nuestro trabajo no es un número, sino un vacío: hacen falta redes de vigilancia regionales que hablen el mismo idioma.

La buena noticia es que sabemos qué hacer. Tres medidas, aplicadas en conjunto, funcionan: fortalecer la vigilancia para conocer al enemigo; implementar programas de uso prudente de antibióticos en cada hospital; y reforzar la prevención de infecciones, lavado de manos, aislamiento de pacientes, limpieza del ambiente, que en el caso del ‘A. baumannii‘ puede rendir más que cualquier antibiótico nuevo. A todo ello debe sumarse el acceso equitativo a los medicamentos modernos, hoy fuera del alcance de la mayoría de nuestros hospitales.

Pero esto no es solo tarea de hospitales y autoridades. La ciudadanía tiene un papel concreto: no automedicarse con antibióticos, no exigirlos para resfriados o cuadros virales, completar siempre los tratamientos indicados y mantener las vacunas al día. Cada antibiótico que usamos sin necesidad entrena a las bacterias para resistir.

La resistencia a los carbapenémicos ya no es una amenaza del futuro: está hoy en las UCI de nuestra región, quizá en la cama de al lado. Las herramientas para contenerla existen y están probadas. Lo que falta no es ciencia, sino la decisión, sostenida y coordinada, de usarlas antes de que el último antibiótico deje de responder.

REFERENCIAS
  1. 1. Murray CJL, Ikuta KS, Sharara F, et al. Global burden of bacterial antimicrobial resistance in 2019: a systematic analysis. Lancet. 2022;399(10325):629–655. doi:10.1016/S0140-6736(21)02724-0
  2. 2. Rojas JD, Merejildo Vera MC, Benites Azabache JC, De La Cruz Surco V, Lucas López JR, Pichardo-Rodriguez R. Prevalence of Carbapenem-Resistant Gram-Negative Bacilli from Intensive Care Units from Latin America and the Caribbean: A Systematic Review and Meta-Analysis. Antibiotics. 2026;15(2):209. doi:10.3390/antibiotics15020209
  3. 3. Kaye KS, Shorr AF, Wunderink RG, et al. Efficacy and safety of sulbactam–durlobactam versus colistin for the treatment of patients with serious infections caused by Acinetobacter baumannii–calcoaceticus complex (ATTACK): a multicentre, randomised, active-controlled, phase 3, non-inferiority clinical trial. Lancet Infect Dis. 2023;23(9):1072–1084. doi:10.1016/S1473-3099(23)00184-6

Imagen principal generada con Gemini.