La ciencia advierte que los cigarrillos electrónicos, con o sin nicotina, liberan aerosoles tóxicos que dañan la salud y rendimiento de los jóvenes. Esta semana, el pediatra e investigador Enrique Gómez escribe sobre lo últmo que se sabe sobre estos dispositivos.
El vapeo se ha convertido en una epidemia entre los adolescentes. Promocionado como una alternativa moderna al tabaco y, en ocasiones, como una opción más limpia, el uso de cigarrillos electrónicos ha aumentado de forma preocupante entre los jóvenes.
Sin embargo, la evidencia científica demuestra que tanto los dispositivos con nicotina como aquellos que no la contienen pueden representar riesgos importantes para la salud, el rendimiento físico y el entorno.
El aerosol, con o sin nicotina, no es inocuo
Muchas personas creen que los cigarrillos electrónicos producen únicamente vapor de agua. En realidad, generan un aerosol compuesto por una mezcla de sustancias químicas que puede incluir nicotina, compuestos orgánicos volátiles, partículas ultrafinas, metales pesados y diversos aldehídos.
El formaldehído y la acroleína —un compuesto altamente irritante para las vías respiratorias— no suelen estar en el líquido original, sino que se forman cuando el propilenglicol y la glicerina vegetal se calientan a altas temperaturas. Incluso los líquidos etiquetados como “libres de nicotina” contienen sustancias capaces de producir estrés oxidativo e inflamación celular.
Investigadores de la Universidad Anglia Ruskin han observado en modelos de células humanas que la exposición al aerosol de los cigarrillos electrónicos induce inflamación, estrés oxidativo y alteraciones en las células que recubren los vasos sanguíneos y el tejido pulmonar, mecanismos que podrían favorecer el desarrollo de enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Aunque estos hallazgos provienen de estudios in vitro y no siempre se traducen directamente al organismo completo, sí alertan sobre vías de daño preocupantes.
“La educación, la regulación basada en evidencia y la prevención siguen siendo las herramientas más efectivas para proteger la salud de las nuevas generaciones”.
Efectos en adolescentes: un cerebro y unos pulmones aún en desarrollo
A corto plazo, el vapeo puede irritar la garganta, los pulmones y los ojos, además de aumentar la susceptibilidad a infecciones respiratorias como resfriados e influenza.
Cuando los dispositivos contienen nicotina, el riesgo es aún mayor. La adolescencia es una etapa crítica para el desarrollo cerebral y la nicotina altera los circuitos relacionados con la memoria, la atención, el aprendizaje, el control de impulsos y la regulación del estado de ánimo. Su elevada capacidad adictiva favorece que muchos jóvenes desarrollen dependencia en pocos meses.
Diversos estudios también han encontrado que, tras varios meses de uso, los adolescentes presentan mayores niveles de inflamación en la cavidad oral, incremento del estrés oxidativo y alteraciones en la función de los vasos sanguíneos. Incluso el uso de dispositivos sin nicotina se ha asociado con una disminución transitoria del flujo sanguíneo periférico, reflejando que algunos de los efectos vasculares dependen también de otros componentes del aerosol.
De la primera calada al hábito
Uno de los aspectos que más preocupa a pediatras y especialistas en salud pública es la transición del vapeo hacia otros productos con nicotina. Diversos estudios longitudinales han encontrado que los adolescentes que inician con cigarrillos electrónicos presentan mayor probabilidad de experimentar posteriormente con tabaco convencional. La exposición temprana modifica los circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y puede favorecer la dependencia durante la vida adulta.
Cuando el rendimiento físico se resiente
Para los adolescentes que practican deporte, el vapeo también puede afectar el desempeño físico. Jóvenes vapeadores alcanzan una menor capacidad máxima de ejercicio, con valores muy similares a los observados en fumadores tradicionales y significativamente inferiores a los de quienes nunca han fumado ni vapeado. Asimismo, presentan un menor consumo de oxígeno durante el esfuerzo, alteraciones en la función de los vasos sanguíneos, mayor fatiga muscular y concentraciones más elevadas de lactato antes de alcanzar el máximo rendimiento.
La vasoconstricción inducida por estos dispositivos dificulta que el oxígeno llegue eficientemente a los músculos, reduciendo el rendimiento deportivo y pudiendo contribuir al desarrollo de enfermedad cardiovascular a largo plazo.
Los niños también respiran ese aire
Muchas personas creen que el aerosol del vapeo desaparece rápidamente y no afecta a quienes se encuentran alrededor. Cuando un adulto o un adolescente vapea en espacios cerrados, libera al ambiente nicotina (cuando está presente), partículas ultrafinas, aldehídos y otros compuestos potencialmente irritantes. Aunque las emisiones suelen ser menores que las producidas por el cigarrillo convencional, la exposición pasiva sigue siendo una fuente de contaminación del aire interior.
Además, la nicotina y otros compuestos pueden depositarse en superficies como ropa, muebles y juguetes, formando lo que se conoce como “tercer humo”, un riesgo particular para lactantes y niños pequeños que gatean o llevan objetos a la boca.
Vapeo versus cigarrillo: ¿una comparación válida?
Los cigarrillos convencionales contienen más de 7.000 sustancias químicas, muchas de ellas cancerígenas, además de alquitrán y monóxido de carbono, compuestos que no están presentes en los cigarrillos electrónicos. Algunos modelos teóricos sugieren que, en adultos fumadores que sustituyen completamente el cigarrillo convencional por el vapeo, la exposición a determinadas sustancias tóxicas podría reducirse.
Esto no significa que vapear sea seguro, especialmente para adolescentes que nunca han fumado. El aerosol de los cigarrillos electrónicos contiene una compleja mezcla de sustancias químicas, incluyendo metales pesados, partículas ultrafinas y compuestos potencialmente cancerígenos que penetran profundamente en los pulmones. Algunos dispositivos desechables contienen altas concentraciones de nicotina, lo que facilita el desarrollo de dependencia.
En los últimos años se ha descrito la lesión pulmonar asociada al uso de cigarrillos electrónicos o productos de vapeo (EVALI). La mayoría de casos documentados se vincularon al uso de productos con THC adulterados con vitamina E acetato, aunque el episodio demostró que inhalar aerosoles de origen desconocido puede generar daño pulmonar agudo potencialmente mortal. Asimismo, algunos saborizantes utilizados en determinados líquidos han generado preocupación por sus posibles efectos sobre la salud pulmonar cuando son inhalados de forma repetida.
Una huella que va más allá de los pulmones
El impacto del vapeo no termina en el organismo. Los dispositivos desechables generan residuos plásticos, baterías de litio y componentes electrónicos que representan un desafío creciente para el medio ambiente. El aerosol emitido contribuye a la contaminación del aire interior mediante partículas ultrafinas y compuestos orgánicos volátiles. Aunque estas emisiones son menores que las del humo del tabaco, incrementan la carga de contaminantes presentes en espacios cerrados, especialmente cuando la ventilación es insuficiente.
¿Qué pueden hacer los padres?
La prevención sigue siendo la herramienta más eficaz. Conversar con los hijos desde edades tempranas sobre los efectos reales del vapeo, evitar normalizar su uso dentro del hogar y dar ejemplo con hábitos saludables son pasos concretos. Los sabores agradables y la ausencia de olor intenso no significan que estos dispositivos sean inocuos. Si un adolescente presenta irritabilidad cuando no puede vapear, disminución del rendimiento escolar o deportivo, necesidad creciente de utilizar el dispositivo o dificultad para dejarlo, es recomendable consultar con su pediatra o un profesional de la salud.
Un problema que no espera a la regulación
El vapeo, con o sin nicotina, no es una alternativa inocua para los adolescentes ni para quienes los rodean. La evidencia científica muestra efectos adversos sobre la función pulmonar, la salud cardiovascular, el desarrollo cerebral, el rendimiento físico y la calidad del aire compartido. Mientras los reguladores discuten si restringir los sabores o los dispositivos desechables, los pulmones de los adolescentes ya están registrando los cambios. La educación, la regulación basada en evidencia y la prevención siguen siendo las herramientas más efectivas para proteger la salud de las nuevas generaciones.
Foto: Nikita Korchagin






